Clásicos Inolvidables (CXXXIII): La tempestad, de William Shakespeare

02 julio, 2017

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En su devenir argumental, La Tempestad (The Tempest, 1611) plantea una serie de misterios que también conciernen a las fuentes de la obra, difusas y fragmentarias, como en casi toda creación de William Shakespeare (1564-1616). Entre ellas, se encuentra la curiosa referencia a una expedición marítima con destino a las posesiones inglesas de Virginia, EEUU, antes de que se convirtiera en estado, y que hacia 1610 se consideraba irremisiblemente perdida (más tarde se demostró que esto no era así).

Ello se consigna en la edición bilingüe de la obra a cargo de Manuel Ángel Conejero (1943) y Jenaro Talens (1946) para Cátedra (Letras Universales, 1994-2010), que además cuenta, loados sean los dioses, con una accesible y concisa introducción, del traductor y ensayista Giorgio Melchiori (1920-2009) y con una serie de notas y apéndices relacionados con dichas fuentes, incluyendo la referida expedición de 1609, junto con algunas enmiendas sobre la cuestión textual de las distintas ediciones, aditamentos de Miguel Teruel (-) y Jesús Tronch Pérez (-).

La dualidad del ser humano y de todo aquello que tiene que ver con la naturaleza que lo integra y lo rodea, está muy presente -sea cual sea el tiempo verbal- en las obras del dramaturgo inglés. De este modo, Próspero, el personaje principal de La tempestad, es un mago blanco que hace acopio de todos esos elementos de la naturaleza para beneficio propio y, finalmente, de los demás, teniendo su antagónico correspondiente en la bruja argelina Sycorax, practicante de la magia negra. Este polo opuesto de la dualidad es tan solo aludido, al estar, como le sucede a Próspero, en situación de destierro; en este caso, de la isla. No obstante, su hijo, el contrahecho Cáliban, definido como un monstruo de la tierra, sí que será uno de los principales protagonistas (¡por delegación!).

Christopher Plummer en el papel de Próspero y Julyana Soelistyo en el de Ariel
Hasta en el plano representativo funciona este dualismo, pues la pieza es un experimento que explora deliberadamente los recursos y trucos de la escena como ninguna otra obra precedente (Introducción). No en vano, con el vocablo “arte”, Shakespeare no solo alude a la magia, sino a todas las actividades intelectuales del ser humano (Introducción). Aparte de que asistimos a un drama no gestado en el teatro, sino desde fuera, es decir, como creación literaria destinada a la representación cortesana, a la sazón, la encabezada por Jacobo I (1566-1625).

Pues bien, en la escena inicial del primer acto, un barco es azotado por una tormenta. En él navegan Alonso, rey de Nápoles, su hermano Sebastián y su hijo Fernando; Antonio, usurpador del ducado de Milán, el anciano consejero Gonzalo, también de Nápoles, y otros acompañantes (desarrollados principalmente en la escena II de los actos segundo y tercero); en suma, una barahúnda con un carácter mucho más terreno que el del resto de personajes que los acogen; idiosincrasia a la que se incorporará un Cáliban que trata de comprarlos, reclamando su propia parcela de poder.

Los supervivientes de tan inoportuna y sorpresiva tormenta van a parar con sus huesos a una isla, en la que se desarrolla la práctica totalidad de la acción dramática, un emplazamiento que, en sí mismo, es un universo propio, por encima del mundo natural (Introducción). En ella habitan Próspero, duque destituido y desterrado de Milán, y su hija Miranda. Con el ánimo de dedicarse al estudio de las llamadas ciencias ocultas, Próspero cometió el error de delegar los asuntos de estado en su hermano Antonio que, como ya hemos señalado, lo traiciona. Es, en esencia, un personaje que se enfrenta al establecimiento de su rol y a la predeterminación de su destino, al menos, el oficial. Por ello se reprobará, para más tarde acabar reconociendo todos sus logros y méritos, como si la razón última de tal predestinación hubiera hecho necesario el hacerle pasar por todos y cada uno de sus infortunios.

Prospero's Island, de Valerie Sparks
Merced a esta alianza (contra)natura, Próspero es el causante directo de la antedicha concentración de elementos en forma de tormenta, aunque el agente ejecutor sea el espíritu del aire Ariel. Se trata, por lo tanto, de un acto deliberado y, una vez más, previamente dispuesto. No en vano, dentro de esta ordenación determinista de los acontecimientos, existe el libre albedrío. Concretamente, Próspero comenta a su hija Miranda que sé que mi cénit depende del auspicio de una estrella (Acto I, escena II). Es decir, que nuestro protagonista es consciente de que se haya condicionado por los astros, y es esta la naturaleza que le obliga, aunque no por ello deja de servirse de su libre albedrío para dar rienda suelta a un resentimiento que, pese a todo, se haya benéficamente encaminado a buen puerto. En este sentido, el mago se aprovecha de su invisibilidad para asistir al enamoramiento fulminante entre Miranda y Ferdinand (Escenas I y III del tercer acto), y es por ello que dispone de la ayuda de Ariel, representante de uno de esos cuatro elementos clásicos que, además, puede transmutarse y cambiar de género (de masculino a femenino).

Pero antes de que la magia ordenada por Próspero produzca los beneficios deseados, a los náufragos les falta tiempo para conspirar contra el rey, tratando de eliminar, en primer lugar, al noble consejero Gonzalo (con objeto de ganar Nápoles). Ni en una isla semidesierta pierden estos personajes la ocasión de comportarse como los nocivos aspirantes al poder que son, mostrando su propia capa de naturaleza. Por suerte, la intentona queda frustrada. Conocedor de la conspiración, gracias a su invisibilidad y a su poder de penetrar en el reino de los sueños, Próspero salva a Gonzalo, haciendo nuevamente uso del fiel Ariel, que es otro aspirante a la libertad. Tras lo cual, Antonio se pregunta retórica y cínicamente dónde habita la conciencia (Acto II, escena I).

El hecho es que los recién llegados a la isla son, a su vez, partícipes de una artimaña, con un Antonio que ha suplantado a Próspero en sus funciones e incluso en su apariencia (en esta ocasión, no física, por medio de la magia, sino institucional). Como recuerda Gonzalo para sí mismo, pero refiriéndose a sus acompañantes, su gran culpa (…) comienza a corroer sus almas (acto III, escena III).

Miranda, por John William Waterhouse
Otro elemento sustancial de la obra es el poder empático de Miranda (por ejemplo, escena II del primer acto). En tanto Próspero puede hacerse invisible, la hija muestra sus mejores habilidades sin ocultaciones. Al punto de que el progenitor acaba renunciando al poder -la información privilegiada- que le ofrece la magia: su potestad será, a partir de ahora, la que le confieran los asuntos terrenales por medio de sus recuperadas ocupaciones y deberes. Toma a Ferdinand como a un hijo, o como a su futuro yerno, aunque después de ponerlo a prueba por medio de una visión (con varios espíritus femeninos) (Escena IV del acto III). En una nueva correlación, esta vez entre elementos afines, Alonso también considerará a Miranda como a una hija (Escena I, acto V).

Unas recobradas responsabilidades que, sin duda, Próspero aborda con una mayor apertura de conciencia gracias a su inmediata experiencia pasada, consciente de que nuestra corta vida no es más que un sueño: los templos solemnes, el inmenso globo y todo lo que en él habita, se disolverá (Escena I del acto IV).

Por medio de la ficción escénica, asume para sí la tarea de manipular y (re)dirigir el mundo de los sentimientos humanos. De este modo, los personajes se auto revelan y se reconocen como parte de una inteligencia mucho más amplia, que los incorpora dentro del diseño con el que el mago-dramaturgo se ha explicado a sí mismo y cuanto le rodeaba, en una concepción de corte holístico. Así lo refrenda una recurrencia de imágenes poéticas conectadas con las fuerzas elementales del aire, el fuego, la tierra y el agua, todo ello, en un marco narrativo en el que el desarrollo de la acción se da a tiempo real, coincidiendo con el escénico.

Prospero in Secret Studies, por Edmund Dulac
Cuando Próspero renuncia a ejercer sus prerrogativas como soberano, y resulta depuesto, realmente es salvado por el amor de su hija Miranda. Cuando también abjura, no de la magia en sí, sino, como señala el autor por boca de su protagonista, de mi magia violenta (es importante el matiz), en definitiva, del privilegio de sus artes mágicas, una vez estas han cumplido su misión (Escena I, acto V), más que desdecirse de tales poderes, renuncia a ejercerlos, ahora que sus fuerzas declinan. Su venganza se materializa en el ámbito de los hechizos, siendo la suya una magia que alcanza al mundo de lo que entendemos por real, convirtiendo la potencia de su efectividad en acto.

Desde esta dicotomía última de la realidad (hasta el punto de que Alonso ya no distingue si la hija de Próspero es criatura celeste o terrena), puede observar Miranda un mundo nuevo y espléndido, con gentes muy bellas (Escena I, acto V).

En consonancia con esta línea de pensamiento, también son partícipes de una liberación los siervos del mago, el espíritu del aire Ariel, y Cáliban. Una libertad que el igualmente recluso Próspero reclama para sí en el epílogo. Gracias a la magia, los personajes han descubierto el misterio de las cosas; al menos, de las que les permiten poder llevar una vida terrena más armónica.

Escrito por Javier C. Aguilera



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