Para el sábado noche (LXIII): Retorno al pasado, de Jacques Tourneur

20 julio, 2017

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Versátil y eficaz en cada ocasión, el realizador Jacques Tourneur (1904-1977) demostró su pericia y creatividad abordando todo tipo de relatos. Su género cinematográfico por excelencia fue el de su propia personalidad. De este modo, en la pieza maestra del cine negro Retorno al pasado (Out of the Past, RKO, 1947), todo el turbio entramado de mentiras y traiciones que afecta a los personajes principales y secundarios es visualizado por Tourneur de un modo exclusivamente fílmico, combinándolos y oprimiéndolos en un único plano (una sola realidad).

El título original de la película, basada en una novela del también adaptador Daniel Mainwaring (alias Geoffrey Homes [1902-1977]), llamada Build My Gallows High (-), hace referencia a una emergencia del pasado, que se vuelve a manifestar en el presente, lo que se puede complementar con la traducción de dicho título al español, por el que el principal protagonista, el ex detective con gabardina Jeff Bailey (un estupendo Robert Mitchum), regresa a su pasado en el primer tercio de la película. 

Pero señalábamos la caligrafía cinematográfica de la historia. En ella, resulta fundamental la labor fotográfica del operador Nicholas Musuraca (1892-1975), capaz de combinar tanto la buena disposición de algunos de los personajes, como la desorientación moral del resto, por medio de la enorme cantidad de matices que sabe extraer de la fotografía en blanco y negro; gracias, además, a la construcción espacial facilitada por Tourneur (esa disposición de los personajes es tanto moral como visual). Y por qué no, a ello también ayuda la climática aportación del habitual compositor del estudio, Roy Webb (1888-1982). En definitiva, un elenco artístico y técnico capaz de escapar del convencionalismo para seguir ofreciendo, hoy en día, una película de sólida factura formal y acusada brillantez verbal y argumental.


Al pueblo de Bridge Post, en las cercanías del lago Tahoe (entre California y Nevada, EEUU), llega un forastero, no sobre un caballo, sino a lomos de un vehículo a motor, preguntando por el paradero de alguien llamado Jeff Bailey, un gasolinero de la localidad. Será la primera vez, no en un tiempo histórico pero sí narrativo, que este personaje trate de localizar al referido Bailey. Al poco rato, el visitante se entera de que el ex detective le ha quitado la novia a un lugareño, aunque la narración nos muestra que, a pesar de las habladurías, el compromiso entre Jeff y Ann Miller (Virginia Huston), que a tal nombre responde la muchacha, es firme.

Es este un entorno apacible pero inestable, habida cuenta de que Bailey se halla atrapado por su pasado. En resumen, el forastero es Joe Stefanos (Paul Valentine), un viejo conocido de Jeff (que realmente se apellida Markham), a sueldo del empresario ecuestre y niño rico, Whit Sterling (Kirk Douglas).

Bailey se verá entonces éticamente obligado a contar a su compañera el porqué de toda esta situación, y qué es lo que les aguarda. Desde su presente histórico, Jeff vuelve a la vida un tortuoso pasado para prometerse un futuro de apariencia más feliz, pero con todo el carácter esquivo de dicha felicidad. Sin embargo, para poder liberarse de ese ayer y poder emprender un mañana juntos, habrá de poner fin a un asunto anterior, que quedó sin resolver. He estado en demasiados sitios, le confiesa Jeff a Ann. En este sentido, la chica es plenamente consciente de los secretos que acompañan a su enamorado, incluso antes de conocerlos, aunque no por ello deja de ofrendarle su confianza; de todos los personajes que desfilan por Retorno al pasado, el de Ann es uno de los más nobles (hay otro, como veremos), e igual de firme y decidido que el resto.


Realmente, ¿se puede escapar al destino? Jeff pone en antecedentes a Ann acerca de cómo hubo de encargarse de la localización de una mujer llamada Kathleen Moffat (Jane Greer), que huyó con cuarenta mil dólares de Sterling, ¡después de dispararle! (si bien, fallando la puntería). La estratagema de esta femme fatale consiste en hacerse querer, desear, compadecer, y hasta de rogar, con ánimo de salir indemne de cada una de las molestas situaciones con su dinero. Jeff no tarda en sentirse traicionado, y aquí es donde la narración se ubica nuevamente en el presente. A partir de este momento, la reaparición de Joe, Sterling y la propia Kathy pondrán a prueba la capacidad del detective de escapar de dicho pasado; en tanto que Kathy, aunque pretenda lo contrario, trata de escabullirse de todo asomo de atadura, compromiso y generalidad (que la despersonalice).

Por su parte, para poder asir ese huidizo futuro con tan interesada e interesante dama, Bailey -o Markham- fue capaz de trasladar su oficina de Nueva York a Los Ángeles. Razón por la que, ya en este primer flashback, Jeff se topa con su pasado en forma de un antiguo socio, Jack Fisher (Steve Brodie). Solventada esta eventualidad, la narración habrá de resolverse, como queda dicho, en el presente. El nuevo encargo propuesto por Sterling consiste en recuperar unos documentos contables onerosos para él. Para ello contará Jeff con la complicidad de la secretaria del tipo que los ha sustraído, Meta Carson (Rhonda Fleming). Adelantándose a las posibles derivadas, que Jeff Bailey ha intuido hábilmente, será esta la segunda vez que Joe pregunte por su paradero (esta vez, a Kathy).


Por primera vez, el redivivo detective toma la delantera y recupera los documentos, aunque todos los demás crean llevar las riendas. No obstante, es acusado de un doble asesinato que no ha cometido. Aún estando así las cosas, el investigador privado no pierde dicha delantera, al ser él mismo quien decida el final que tendrá (casi) todo… Su ayudante en el negocio de la estación de servicio es un joven sordomudo (Dickie Moore), que le echará una mano, no solo con la gasolinera, sino librándole de una muerte segura. Es el segundo personaje positivo de la película. Ahora bien, respecto a la espléndida resolución de la misma, caben dos interpretaciones. O bien miente el muchacho a Ann, a sabiendas, o bien cree decirle la verdad. Es decir, queda en entredicho hasta qué punto es el chico consciente de que, en efecto, Jeff emprendía una huida forzosa con Kathy, o si, por el contrario, supone que esta era voluntaria, como parecen confirmar las apariencias.

Personalmente, la mentira piadosa me parece todo lo romántica y bienintencionada que se quiera, pero altamente improbable. Cabe la posibilidad de que con ello quiera el muchacho (del que desconocemos su nombre) permitir a Ann rehacer su vida, dada la evidencia de la fuga en común entre Jeff y Kathy, pero de este modo, si la joven cree que Jeff la ha traicionado, resulta poco creíble que pueda comenzar otra vida como si tal cosa. El pasado también es un componente vital para este personaje, y acabaría por resurgir. Por eso, si atendemos a la posibilidad de un malentendido entre ambos supervivientes, el final resulta mucho más desolador. En cualquier caso, el encontronazo con el destino (que no la casualidad) semeja ser algo funestamente establecido.


De ese hado tiene Jeff consciencia, aún de forma inconsciente, en casi todo momento de su pasado. Ello no puede quedar mejor reflejado que en las reflexiones de las que nos hace partícipes, por medio del clásico recurso de la voz en off. Con ella nos advierte de lo fútil y atávico de su actuación, cuando estando en Acapulco, sabe que Katy no va a comparecer cuando él lo desea, y mucho menos, dejarle bien parado. Pese a lo cual, Jeff Bailey acaba cediendo, no ya a la fatalidad de dicho destino, sino a su inevitabilidad, tratando de amarrar una ilusión de pareja que no se puede sostener.

Escrito por Javier C. Aguilera


Las armas y las letras, de Andrés Trapiello

18 julio, 2017

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La Guerra Civil Española ha sido el acontecimiento contemporáneo que más ha afectado a nuestro país, tanto que sus efectos, sus hechos concretos y sus consecuencias siguen influyendo en nuestra realidad actual, siguen suponiendo debates en todas nuestras tribunas, o en todos nuestros bares, y su sombra pende siempre sobre la discusión ideológica de lo que debería ser la sociedad o de lo que debería hacerse con las heridas, cicatrizadas o no, de esa época. No vamos a debatir sobre todo ello ni sobre las posturas ideológicas, sino sobre la literatura, la literatura que vive en una guerra, la literatura que suele dejar de ser literatura para convertirse en propaganda. O que ve morirse sus esperanzas de distanciarse de la política.

El ensayo de Andrés Trapiello (1953), Las armas y las letras (1994, revisado y ampliado en 2010), trata de contarnos esa intrahistoria de los literatos en los años anteriores, durante y posteriores a la guerra civil, mostrándonos sus vivencias, sus decisiones, sus textos y, sobre todo, sus acciones. Esta cercanía a los hechos, basándose, como debe hacerse, en el testimonio escrito y oral de los propios protagonistas o de testigos, nos sorprende por el rompecabezas algo confuso de esos relevantes tres años, aún más enmarañado por los olvidos oportunos y oportunistas.

La postura que adopta Trapiello es la de una visión descriptiva y crítica. Es decir, frente a la visión más generalizadora y maniquea que se ha extendido, Trapiello nos proporciona una lupa para observar que no hablamos de personajes vacíos, sino de personas de carne y hueso, de seres que vivieron y padecieron una guerra, y que actuaron como solo el ser humano puede actuar: con una gran inestabilidad y siempre dependiendo del carácter individual de cada uno. Para ello, a una narración dividida en capítulos dedicados a distintos aspectos, como el preámbulo de la guerra, las revistas literarias o sendos apartados dedicados a los escritores catalanes y gallegos, añade su opinión subjetiva, pero una opinión siempre basada en los hechos recopilados desde fuentes primarias. Es decir, a partir de documentos oficiales o testimonios tanto de los protagonistas como de testigos de aquella época, mostrando a su vez, y cuando las hubiera, las incongruencias entre los relatos que una misma persona ha aportado de un hecho a lo largo de su vida. En este sentido, como debe hacerse, el autor expone para que el lector deduzca.

No obstante, dado el tipo de texto, también se expresa de forma personal, con un estilo literario exquisito y apasionado, difícilmente rebatible. Sirvan de ejemplo las narraciones dedicadas a ciertos episodios concretos, como el asesinato de García Lorca (1898-1936), donde no dudará en comentar su posible amistad con José Antonio Primo de Rivera (1903-1936), sin darle más importancia de la que tiene, o señalará el punto débil del arrepentido Luis Rosales (1910-1992), poeta granadino siempre marcado por su cercanía a los hechos, también el célebre enfrentamiento entre Millán-Astray y Unamuno (1864-1936) en el Paraninfo, la desdicha de Miguel Hernández (1910-1942) en su terrible huida, el asesinato de Andrés Nin (1892-1937), las peripecias del diplomático chileno Morla Lynch (1888-1969) o el último capítulo dedicado a la figura de Azaña (1880-1940). Destacamos también el que se dedica a los escritores extranjeros. Y en todo este recorrido, tiene tiempo para censurar la actitud de ciertos historiadores que imponen su visión doctrinal a los hechos, escogiendo entre los que consideran válidos o no según su conveniencia, personal o ideológica.

Unamuno abandona el Paraninfo increpado (Salamanca, 1936)
En realidad, nos movemos sobre una época resbaladiza. Si la llegada de la República había sido bien acogida por prácticamente todos los intelectuales en 1931, lo cierto es que su evolución no convenció a muchos. Por ello, cuando estalló la guerra, encontramos tres posturas: los que creyeron que el alzamiento militar era favorable y apoyaron el golpe, los que consideraron que debían mantenerse fieles a la República y los que no se decantaron por ninguno de los dos, aunque por el carácter radical que acabaron teniendo ambos lados, tuvieron que escoger rápido entre un bando o el exilio (caso de Clara Campoamor [1888-1972], que vería ambos extremos como nocivos para el futuro, fuera cual fuera el vencedor). Como Trapiello nos señala, gran parte de nuestros intelectuales abandonaron el país durante la guerra, no al final. No hay que olvidar que el ambiente estaba ya caldeado de uno y otro lado. Ante la victoria de las izquierdas en 1936 se alzó el ejército con tendencia de derechas, pero no mucho antes podemos ver al socialista Largo Caballero (1869-1946) escribiendo que si ganan las derechas, tendremos que ir a la guerra civil, como recoge el ensayo (pág. 29).

En medio de este panorama, no faltaron quienes cambiaron su ideología por haber caído en territorio del bando contrario, intentando bien sobrevivir, bien acomodarse; en esta última opción destacan aquellos que se sintieron cómodos en el terreno de la propaganda. Distintas formas de adaptarse a la situación, no necesariamente coherentes. A fin de cuentas, muchos autores ya mayores en esta época habían sido anarquistas en su juventud y acabaron adscribiéndose al bando nacional. De la misma forma que muchos olvidaron el valor de la literatura per se para acogerse a la pura propaganda, convirtiendo la mayoría de textos en escritos circunstanciales que perdieron su valor al momento de ser escritos. Por supuesto, hay excepciones que el autor contempla y apunta. Igual que muchos nombres borrados por la ideología, como los libros que se quemaron en ambos bandos. Al final, como veremos, importan las personas, como reflejaría Ayala (1906-2009) en La cabeza del cordero (1949).

Revistas publicadas durante la guerra civil en sendos bandos
En su novela Ayer no más (2012), Trapiello comentaba a través de la voz de un historiador ficticio que resultaba curioso constatar como nadie había sido capaz de confesar o admitir que había disparado en la guerra civil, como si acaso los muertos hubieran caído fulminados mientras todos los demás, inocentes, no hacían nada. Sin embargo, como bien sabemos, no solo hubo disparos, sino también el deseo constatado de acabar con el otro bando, en un ejercicio de odio en el que no importaba el pasado común ni la humanidad o la identidad de las personas reales, físicas, tangibles, que componían el bando enemigo. En efecto, era una guerra, una guerra en la que encontramos actos viles, cobardes, vengativos o brutales sin importar el lado, sino las personas concretas que los realizasen. De la misma forma que hubo honradez y bondad. Y arrepentimiento. Aunque, reiteramos, no en todos los casos.

Así pues, si el alzamiento militar condujo al ejército y a sus adhesiones a cometer crímenes atroces que, debido a la posterior dictadura, han quedado terriblemente impunes y con tantos muertos sin identificar, abandonados en cunetas y sin ser devueltos a sus familias, ello no omite las matanzas y paseos del lado republicano (en ellos fueron asesinados, por ejemplo, Ramiro de Maeztu [1874-1936] y Pedro Muñoz Seca [1879-1936]). Es más, no tiene ningún sentido que quienes estaban auxiliados por la defensa del estado democrático llevaran a cabo ejecuciones contra quienes pensaban de forma distinta. No hablamos ya de derechas o izquierdas, sino de propias facciones de la misma ideología, caso del POUM y del asesinato de Andrés Nin. En cierta forma, estas divisiones internas fueron seguramente uno de los motivos de la fragmentación y el desorden republicano y, por tanto, de su posterior derrota. Como apuntó Simone Weil (1909-1943) y recoge Trapiello: Los nuestros han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice. Se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad absolutamente contrarios al ideal libertario. [...] Tan pronto como los hombres saben que pueden matar sin temor a represalias, empiezan a matar, o al menos, animan a los asesinos con sonrisas de aprobación (pág. 368-369).

Milicianos republicanos tras una ejecución en Casa de Campo (Madrid, 1936)
Así, desde la vista actual, igual de deleznable resultan la alegría de Dalí (1904-1989) al enterarse de la muerte de García Lorca que la actitud de Neruda (1904-1973) durante todo el conflicto. Como sucede con las palabras de la revista del bando nacional Jerarquía, donde se le decía al camarada lo siguiente: Tienes obligación de perseguir el judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas, o con las que se pueden leer en la sección ¡A paseo! de la revista republicana El Mono Azul dirigida por Bergamín (1895-1983) a través de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para Defensa de la Cultura, de la que Juan Ramón Jiménez (1881-1951) comentaría que él no aceptaría vivir en ella dado que la mitad por lo menos de refujiados [sic] eran conocidos fascistas, lo que nos recuerda lo que ya comentábamos de la curiosa adaptación ideológica de muchos intelectuales. En esa sección que referíamos se ponía la diana sobre los considerados traidores, como Unamuno, D'Ors (1881-1954), Eugenio Montes (1900-1982), Giménez Caballero (1899-1988) o Sánchez Mazas (1894-1966), algunos de los cuales habían sido, hasta hacía unos meses, íntimos amigos de componentes de esa misma Alianza. La misma actitud de algunos escritores del lado franquista en sus respectivas revistas. Ninguno de estos medios pareció arrepentirse nunca, quizás porque todos se sintieron propietarios de la verdad. De una verdad inhumana y ruin.

Igual de aborrecible que encontrar a autores que considerasen de forma positiva los años de la guerra, recordándolos como unos maravillosos años, como acaso hicieran Rafael Alberti (1902-1999) o María Teresa León (1903-1988), sin caer en la cuenta de que fueron los mismos años que arrasaron su país, los llevó al exilio y acabó con la vida de tantos y tantos intelectuales, amigos o conocidos entre sí. Por otra parte, Trapiello no ahorra en mostrar y comentar los testimonios de diversos autores sobre un mismo hecho, mostrándonos la opinión compartida de varios o señalando a quienes disentían. Por ejemplo, así seremos testigos de la mala fortuna de Miguel Hernández en su huida, incluyendo el abandono o la falta de insistencia de algunos camaradas que luego lamentarían su triste pérdida en la cárcel; de nuevo, el matrimonio Alberti-León. De la misma forma que otros consiguieron presionar al gobierno franquismo para impedir que se llevara a cabo la sentencia a muerte, a pesar de no coincidir con la ideología del poeta de Orihuela o de que este acabara falleciendo lamentablemente aún preso en 1942.

Alberti durante un mitin en la guerra civil
Otros tantos hechos que suelen omitirse u obviarse se acumulan en este ensayo. Entre varios ejemplos, podemos señalar el trato despectivo que recibió Unamuno hasta que se conocieron los hechos acontecidos en el Paraninfo. También el exilio previo al fin de la guerra al que se sometieron varios intelectuales con el fin de evitar tanto proclamarse de un bando como de otro. O bien al contemplar el cariz de los acontecimientos en el territorio republicano, no tanto ante la posibilidad de derrota, sino más bien por desaliento ante el comportamiento de las autoridades, como sucedió con Juan Ramón Jiménez o la ya referida Clara Campoamor. O incluso el triste reencuentro entre los hermanos Machado, ya fallecido Antonio (1875-1939) junto a su madre, en Colliure. A fin de cuentas, entre ambos hermanos hubo más bien mala suerte antes que cruciales diferencias ideológicas.

Todo ello nos da una muestra de la actitud tan diferente entre las individualidades, quitando importancia al bando para dárselo a la persona concreta. Así veremos cómo escritores propagandísticos arengan desde la comodidad de la embajada sin pisar el frente o no duda en usurpar una propiedad y tenerla como propia frente a actitudes más honestas y honradas, como Antonio Machado, quien no dudó en dormir en el suelo antes que en la cama de quien había sido asesinado con brutal belicosidad, o visitar el frente y alentar a las tropas sin necesidad de prodigarse en fotografías frívolas, como el caso de Hernández.

Miguel Hernández junto a Josefina Manresa (Jaén, 1937)
Las armas y las letras no es un ensayo sencillo dado que obliga al lector a permanecer atento, a entender todo un cruce de nombres tanto relevantes y conocidos por todos, como aquellos restringidos a expertos o borrados por el paso del tiempo o por el barniz ideológico de uno u otro lado. No se olvida Trapiello de encomendarnos a todos esos testimonios escritos, recordándonos títulos en muchas ocasiones descatalogados o interesamente olvidados. En esta reseña hemos mencionado los nombres más conocidos, pero pueblan el libro muchas historias que aquí no cabían y que merece la pena que no caigan en el olvido.

Gracias a todo ello, el sello que deja en el lector es importante: existieron personas detrás de los nombres, individualidades dentro de los conglomerados ideológicos que nos suelen vender, de la misma forma que hubo buenas personas que no escribieron buenos libros y gente despreciable que ha cautivado a lectores por todo el mundo. Nada nuevo que conocer sobre la humanidad, pero muchos detalles que conocer sobre aquel período bélico, sobre el fratricidio donde muchos se vendieron al radicalismo totalitario de una ideología, fuera cual fuera el bando, y donde intentaron sobrevivir la dignidad y el coraje de muchos otros para reconstruirnos, ya fuera en estas fronteras o en el exilio.


Otros mundos (XXI): El misterio del Triángulo de las Bermudas (Solucionado), de Lawrence David Kusche

15 julio, 2017

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Barcos de la era del vapor o recientes cargueros de la Armada norteamericana. Hasta un escuadrón entero de la marina, el famoso vuelo diecinueve, sucumbió al incómodo misterio del Triángulo de las Bermudas, un área de un millón de kilómetros cuadrados en mar abierto, con sus vértices en Florida, las islas Bermudas y Puerto Rico.

El esclarecimiento del Triángulo no es algo nuevo, aunque actualmente la tecnología sea más precisa. Lo que tampoco hace al caso, puesto que la intrigante zona, tenga la estricta forma de un triángulo, un trapezoide o un rocambolesco octaedro, burla con impasible impunidad a nuevos y a viejos instrumentos, preservando incólume su secreto. Al menos, de momento.

Con frecuencia, se vende como algo novedoso lo que no lo es tanto. Y me refiero, en esta ocasión, a recientes documentales donde se trata de aclarar una situación de misterio sin aportar ninguna conclusión científica satisfactoria o debidamente probada. Ya en 1974, Lawrence David Kusche (1940), piloto comercial e instructor de vuelo, trató de dar respuesta al cúmulo de infortunios y enigmas que delimitan el sector del Triángulo de las Bermudas, siendo bibliotecario en la Universidad del estado de Arizona (EEUU), debido a que, como él mismo relata, con frecuencia se me consultaba para buscar información sobre el tema (Prólogo). El resultado fue el libro, de título algo pretencioso -se mire como se mire-, El misterio del Triángulo de las Bermudas solucionado (The Bermuda Triangle Mystery - Solved, 1974; aunque la editorial Sagitario, de Barcelona, al menos tuvo la precaución de acotar el epíteto del título, cuando lo publicó, en 1977). En cualquier caso, bonita historia la del bibliotecario que se interesa por un tema para acabar buceando -y hasta ahogándose- en él.


Los fenómenos “anormales” pueden deberse a distintas causas, que no por desconocidas deben ser rechazadas. De hecho, una cosa son los accidentes y otra, bastante más inquietante, las desapariciones. Perturbaciones electromagnéticas y turbulencias atmosféricas hacen que existan dos lugares en la Tierra donde la brújula señala el Polo Norte: el Triángulo de las Bermudas y el llamado Mar del Diablo, en Japón, aunque no son las únicas zonas problemáticas del globo.

Tras una referencia inicial al célebre ardid contenido en el relato de Edgar Allan Poe (1809-1849), La carta robada (The Purloined Letter, 1844), Kusche explica que, en muchas ocasiones, los sucesos se diferencian de la leyenda; añadiendo certeramente que, en última instancia, es el lector quien debe decidir cuál de las versiones se acerca más a la realidad (Prólogo). En este sentido, loable es el intento de Kusche de sobrepasar la mera teoría mitológica o legendaria, como a él tanto gusta de llamarla -luego me referiré a este aspecto- y, en suma, de trascender la teoría oficiosa para tratar de aclarar el enigma, dejando al lector la última palabra. Pero lo cierto es que sus conclusiones (a veces, solo una marejadilla de intuiciones) no resuelven apenas nada. El misterio lo overchuta, como dicen los pilotos, para caer en brazos de la teoría oficial de las coincidencias, los fallos técnicos, los errores humanos y hasta una inasequible mala pata. Por supuesto que tales explicaciones pueden ser aplicables a un buen número de casos, pero en modo alguno los solucionan todos (y en cualquier caso, no dejan de ser mera hipótesis mientras no se demuestre lo contrario). Está bien que Kusche no cargue las tintas en los aspectos “sobrenaturales” (y no me extenderé ahora sobre qué deberíamos entender por tales), pero el hecho es que el ser humano ha pretendido demasiadas veces caminar sobre las aguas, constriñendo antropológica, y parece que inevitablemente, todo cuando no se le alcanza, ciñendo los datos a su limitado campo de experimentación o tomándose a sí mismo como referencia y medida de todas las cosas (¡de este y de otros mundos!); lo cual, puede estar muy bien en el arte, incluso ser necesario, pero en la ciencia resulta fatal.


Clásicos Inolvidables (CXXXV): Martín Fierro, de José Hernández

13 julio, 2017

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Dentro de las descripciones que se ha hecho de la literatura, la visión mayoritaria actual parece haberse decantado por su vertiente de evasión y ocio, al menos si atendemos a las ventas. No obstante, hubo un tiempo en que la literatura servía para crear realidad o para representar una realidad concreta, como la identidad de una nación y sus características. A ello remite, por ejemplo, la épica medieval, pero también gran parte de la corriente romántica, aquella que se refería y buscaba el espíritu del pueblo, que sirvió para la unificación de Alemania o Italia. Y dentro de esta misma corriente podemos situar ciertas obras literarias hispanoamericanas que trataban de otorgar una identidad a los países recién independizados del imperio español en el primer tercio del siglo XIX. Entre esas obras, encontramos el célebre poema narrativo y épico Martín Fierro (1879), máximo ejemplo de la literatura gauchesca que fue escrita por José Hernández (1834-1886).

El autor fue un hombre polifacético, llegando a ocupar puestos militares y políticos, además de dedicarse tanto a la literatura como al periodismo. Durante su infancia y juventud llegó a tener contacto con los gauchos, con quienes llegó a compartir vida. De este contacto temprano en su vida deriva su defensa de un estilo de vida rural y también el conocimiento que le sirvió para la escritura de su obra más conocida.

Vivió una época convulsa en Argentina, siendo la época en que se estaba constituyendo lo que sería el futuro político del país. Precisamente, la publicación de la primera parte del Martín Fierro se producirá tras regresar de su exilio en Brasil, cuando seguía defendiendo sus ideales durante la presidencia de Presidencia. En un nuevo caso en que la obra supera a su creador, llegando a ser llamado por el nombre de su personaje. A Martín Fierro le deberá el cariño de la gente, un puesto de senador hasta su fallecimiento y la fama inmortal de la letras.

En la actualidad, el poema cuenta con dos partes bien diferenciadas, reconocidas como la Ida y la Vuelta. Curiosamente, la Vuelta alteró el sentido general de la obra y no estuvo previsto en los planes iniciales del autor. No obstante, además de ganar fama inmediata, consiguió erigirse como una epopeya nacional, fuera idea o no de su autor. La visión propuesta en la primera parte del poema no es admirativa hacia el país en el sentido político, sino que más bien proyecta un tratamiento romántico, de corte europeo, hacia un contenido único y autóctono de Argentino: la figura del gaucho.

José Hernández
De esa forma, tomó la figura del rebelde, la aparición de la naturaleza de forma viva y relacionada con los acontecimientos o incluso la presencia de la música como expresión del espíritu del pueblo o de la individualidad del rebelde, todas ellas temáticas habituales en el Romanticismo del Viejo Continente, pero encarnando la realidad argentina a través del gaucho, la Pampa argentina o el canto gauchesco. A fin de cuentas, hay pocas diferencias en el mensaje que transmite el gaucho sobre sí mismo y su deseo de libertad (Mi gloria es vivir tan libre, / como pájaro en el cielo; / no hago nido en este suelo, / ande hay tanto que sufrir, / y naides me ha de seguir, / cuando yo remonto el vuelo) con lo que nos plantea la Canción del pirata de Espronceda (Que es mi barco mi tesoro, / que es mi dios la libertad, / mi ley, la fuerza y el viento, / mi única patria, la mar. // Allá muevan feroz guerra / ciegos reyes / por un palmo más de tierra; / que yo aquí tengo por mío / cuanto abarca el mar bravío, / a quien nadie impuso leyes).

Justo es en ese canto donde se nos revela a los lectores lo más íntimo del protagonista, dado que a través de ese canto Martín Fierro nos confiesa su forma de ser y nos hace cómplices de sus confidencias y vivencias, mostrándonos tanto la dureza de su vida como su relación con el entorno argentino. Tampoco falta en estos cantos la crítica política, sobre todo por la situación de desamparo en la que vivían los gauchos o incluso en la persecución que sufren, visión apoyada por otro personaje convertido en prófugo, el sargento Cruz.


No en vano, la voz que nos narra la historia nos va mostrando las continuas pérdidas que sufren los personajes, como su familia, su casa, su territorio y hasta su propia patria, llegando incluso al exilio hacia la barbarie al final de la primera parte. Y a pesar de la rebeldía del gaucho, redunda en el aspecto negativo de la vida, herencia de la visión romántica. Si la narración tiene un tono áspero, con voces que entremezclan un léxico propio con una fonética realista y fidedigna de los gauchos así como momentos airados, como cuando el protagonista narrador rompe la guitarra de forma violenta ante la impotencia, el fondo de la primera parte es melancólico (Pero ha querido el destino / que todo aquello acabara).

Por contra, la Vuelta nos narra su regreso a la civilización junto a la Cautiva y deja espacio a los hijos de Martín. Allá donde antes había crítica y negatividad, se deja espacio a un tono más moderado y también esperanzador, quizás menos interesante, pero más relacionado a la situación personal de José Hernández en la época en la que publicó la segunda parte y también a la situación del país. No obstante, la narración sigue envuelta en la épica romántica, sin olvidar los momentos de tensión o de lucha salvaje ni tampoco el valor de la individualidad de Martín Fierro. Así, el personaje recapacita, se vuelve contra su rebeldía y decide dar una nueva oportunidad a una tierra que le necesita. Como le sucedía al don Quijote consciente de haberse convertido en personaje de un libro durante la segunda parte, aquí Martín Fierro parece ser consciente de haberse convertido en símbolo nacional. Sin duda, una segunda parte más amable y, aún con ecos románticos, casi más cercano a un texto ilustrado e incluso didáctico.

Podríamos compararlo con la aventura de Bastian en La historia interminable (Michael Ende, 1979), donde la primera parte está dedicada a la destrucción de Fantasía, pero también a la necesidad de que el protagonista la salve, mientras que la segunda está dedicada a la reconstrucción de Fantasía y a la destrucción del protagonista, en un equilibrio narrativo semejante al viaje hacia la barbarie que realiza el gaucho en la primera parte ante la imposibilidad de encontrar su lugar en la civilización y el regreso a la civilización de la segunda, al comprobar que la barbarie es inhabitable y que aún puede reconstruir su patria y el mundo civilizado.

Sin duda, un poema que se relaciona bastante bien con la tradición romántica, pero algo desconocido en España, a pesar de su importancia en Argentina. Aunque en ocasiones su léxico pueda presentar alguna dificultad al lector medio, contiene algunos pasajes desoladores y muy sentidos, especialmente en la primera parte, sin faltar cierta sensación de aventura y la descripción más romántica de la Pampa argentina.

Escrito por Luis J. del Castillo



El autocine (XXXIX): Casino Royale, de varios directores, y No hagan olas, de Alexander McKendrick

10 julio, 2017

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Para esta nueva entrega de El Autocine les proponemos una sesión doble. A saber, una divertida parodia de espías y una refrescante comedia playera. La una, Casino Royale (Ídem, Columbia Pictures, 1967), y la otra, No hagan olas (Don’t Make Waves, MGM, 1967). Si están dispuestos, olvídense de críticos y de los wiki-resúmenes.

Casino Royale arranca cuando a un venerable sir James Bond (el estupendo David Niven) lo visitan en su retiro, casi espiritual, los supervisores del K.G.B., la C.I.A., Scotland Yard y la INTERPOL (todos ellos, roles asignados a unos guasones pero contenidos Kurt Kasznar, William Holden, John Huston y Charles Boyer, respectivamente). El célebre espía se ha convertido poco menos que en una institución o, como se suele decir, en una leyenda viva.

A mí, este inicio me parece de lo más ocurrente. Pese a que Casino Royale fue un cometido asignado a varios realizadores, a la sazón, Joseph McGrath (1930), los interesantes Robert Parrish (1916-1995) y Ken Hughes (1922-2001), el inolvidable Val Guest (1911-2006) y el propio John Huston (1906-1987), no por ello deja de atesorar esta producción de Charles K. Feldman (1905-1968) una simpática unidad, o excentricidad, como diría sir James (pues su trayectoria ha sido incluso reconocida con tan máxima distinción). De este modo, el que es calificado como el mayor espía del mundo, es también un espía puro, lo que significa, como ya adelantaba, que vive alejado de los asuntos más mundanos, con la única compañía de sus vivos recuerdos y de Claude Debussy (1862-1918). Lo cual casi lo convierte en un asceta.

En este sentido, el personaje que ha poblado tantas fogosas ficciones se haya por encima del bien y del mal, y la única forma de convencerlo para que vuelva al servicio activo será dinamitar su santuario con apariencia de mausoleo. De ello se encarga su semi compatriota George MacTarry (John Huston), que como su nombre indica, es de origen escocés y que, literalmente, lo sacará de sus “casillas”.

Tras lo cual, a Escocia dirige sus primeros pasos este maduro pero eficaz James Bond, que acabará enfrentándose a todo un clan de espías femeninas, encabezadas por la luego descabezada agente Mimí (la no menos estupenda Deborah Kerr).


Tras su experiencia en tierras escocesas, James Bond es puesto en la pista de una peligrosa trama conspirativa (como se verá finalmente), para lo que no duda en reclutar a su propia hija (ilegítima), Mata Bond (una resuelta Joanna Pettet). De igual modo, recurrirá a varios dobles; entre ellos, un jugador profesional de esquiva suerte, autor de un libro sobre bacarrá, llamado Evelyn Tremble (personaje al que Peter Sellers confiere una gran dignidad). Tremble es aleccionado por una potentada al servicio de sir James, Vesper Lynd (Ursula Andress, retorciendo su ingenuo rol de chica Bond). 

Tampoco falta una base secreta y un villano, o mejor dicho, dos villanos, uno cuya identidad no desvelaremos, pero que se haya clínicamente obsesionado por las andanzas de 007 y responde al sobrenombre de Doctor Noah, y otro, también jugador profesional, miembro de la organización criminal Smersh, endeudado a causa del juego y exhibidor de sus dotes como ilusionista, Le Chiffre (el excelente Orson Welles). El enfrentamiento de Tremble con este último está servido con la antedicha dignidad, que una oportunidad como esta supone para el personaje.


Empeño autoparódico que se nutre de la novela homónima de Ian Fleming (1908-1964), Casino Royale muestra, entre otros detalles simpáticos, a un James Bond animoso pero tartamudo, al menos hasta el momento de ocupar su antiguo puesto. Un humor que se traduce en el mismo hecho de que para Bond, su brumosa labor, ejercida en el pasado, sea contemplada como un sacerdocio, manteniendo (casi) inmaculadas sus dotes de observación en el presente. Tenido por muy púdico e imagen de la elegancia, incluso por sus propios enemigos, los miembros de Smersh, a su fina estampa no le falta ni el clásico gorro de dormir.

De hecho, les espeta a los irruptores de su bien ganado retiro que son espías de película. Su relación, absolutamente atemporal, con la célebre Mata Hari (1876-1917), lo inscribe en dicha tesitura mítica, siendo esta una relación que se nombra pero no se exhibe, y que da pie a la secuencia del Berlín Oriental, todo iluminado de rojo, que nos retrotrae estéticamente a la referida época de Mata Hari y al expresionismo cinematográfico. Un ambiente decadente y psicodélico que afecta a detalles tan extravagantes como los disfraces de Tremble, la armería de los agentes secretos, con un “Q” avieso y ocurrente (Geoffrey Bayldon) o la esporádica intrusión de un OVNI en la trama. La escuela de espías berlinesa, que comunica en su interior el este y el oeste, se nos aparece bajo el aspecto de una institución democrática, regentada por Frau Hoffner (Anna Quayle) y su contrahecho secuaz Polo (Ronnie Corbett).

Dentro de este humor desinhibido y pop, también destaca la presencia de los “tocayos” que mantienen el nombre de James Bond, incluyendo a su sobrino Jimmy Bond (Woody Allen), así como el “enamoramiento” de lady Fiona McTarry (la agente Mimí) o las desopilantes costumbres y tradiciones escocesas del castillo McTarry (como su chica termómetro, la explosiva caza del guaco o el partido de pelota, ¡o de pelotas!).


El consabido inicio ajetreado y sorprendente, típico de la secuencia de apertura de todas las películas del agente doble cero (aunque, en este caso, los títulos de crédito se sitúen al comienzo de la misma) es propiciado, como queda dicho, por los propios custodios de la ley y el orden que se pretenden garantizar; esto es, por el “M” McTarry. Como en las susodichas, también se incluye un desafío automovilístico con moza descarriada, y una entonada y bastante popular canción, The Look of Love, compuesta para tan festiva ocasión por Burt Bacharach (1928).

A ello debemos sumar los mencionados escenarios psicodélicos y rimbombantes, y la destartalada pero divertida trama (aspectos ya puestos en solfa por la curiosa Arabesco [Arabesque, 1966] de Stanley Donen [1924]), junto a ciertos toques surrealistas, la presencia de un joven Paco Rabanne (1934) como diseñador de vestuario y los guiños musicales a Nacida libre, de John Barry (1933-2011), o a la propia realeza, mediante la incorporación de las campanas del Big Ben, que resuenan cuando MacTarry muestra a sir James una carta de la reina. En este apartado, mención especial merece el resto de la excelente y pegadiza banda sonora del referido y admirable Bacharach, vivaracha huella indeleble que acompasa a todo tipo de mecanismos y aparatosos cacharros, y sustenta y anima a los protagonistas de este Casino Royale, alegre e insustituible genialidad, como cualquier otro gadget de James Bond.

El que también demuestra tener una paciencia a prueba de bombas es Carlo Cofield (un jovial Tony Curtis), cuando el destino le pone en colisión con la pintora italiana Laura Calafatti (Claudia Cardinale), en la línea de lo que sucedía en obras maestras como La fiera de mi niña (Bringin’ Up, Baby, 1938) o, si se prefiere, en menor grado, en Su juego favorito (Man’s Favorite Sport, 1964), ambos títulos de Howard Hawks (1896-1977), y el confeso remake de la primera, ¿Qué me pasa doctor? (What’s Up, Dc.?, 1972), de Peter Bogdanovich (1939). Una situación muy bien resuelta por el magnífico Alexander Mckendrick (1912-1993), sin empleo de las palabras, al menos hasta el “choque” definitivo. En este aciago pero premonitorio día, Laura anda frustrada a causa de sus pinturas y da al traste con las escasas posesiones del pobre Carlo.

Por lo tanto, no se puede decir que a nuestro protagonista le siente muy bien la playa en No hagan olas; al menos, al inicio de su aventura, y hasta que consigue hacerse un merecido hueco laboral y sentimental gracias al simpático guión de George Kirgo (1926-2004) y Maurice Richlin (1920-1990), en torno a la novela (de verano, supongo) Muscle Beach (1959), de Ira Wallach (1913-1995).


El hecho es que cerca de Malibú, California, además de los cuerpos de los bañistas, se cuecen tejemanejes y, de paso, el coche de Carlo. Pero el amor salta cuando menos se piensa (sobre todo esto último) y sucede que, tras el infortunio del vehículo del susodicho, este entra en contacto con la aspirante a pintora y con un bonachón grupo de naturistas y culturistas, que han de socorrerlo varias veces. De resultas de lo cual, en tanto se aclara su situación con Laura, Carlo se encapricha (se infatúa, dicen ellos) de la joven y esbelta paracaidista Malibú (la malograda Sharon Tate).

Sin embargo, será con Laura con quien Carlo comparta una complicidad especial, llegando a formar equipo antes que pareja. La joven también se haya inestablemente comprometida o, mejor dicho, mantenida, por Rod Prescott (Robert Webber), presidente de una sociedad constructora de piscinas (con oleaje). No puedo expresar una cosa cuando siento otra, declara la muchacha casi compungida. Como esas otras heroínas cinematográficas antes aludidas, Laura es portadora de una vida “plena”, impulsiva y locuaz, ajena a muchas de las preocupaciones del resto de los mortales.


En esta galaxia de arena, a Cofield la suerte siempre le acompaña. El ritual mañanero del despertar de la playa, donde Carlo se ha visto forzado a pasar la noche, hace que el escenario se pueble de repente de vida. Hasta el punto de llegar a ser “atropellado” por una repentina tabla de surf. Sin embargo, pese a esta mar brava, Carlo se gana su puesto en la empresa de piscinas gracias a su locuacidad y determinación, aunque en una divertida vuelta de tuerca del guión, se ve enredado en sus propias tretas por un comprador que le ofrece una “ganga” en forma de vivienda. 

Por su parte, los amigos culturistas de Malibú tienen muy en cuenta los pronósticos astrológicos de Madame Lavinia (Edgar Bergen), que demostrará su mala praxis a la hora de arrimar el ascua de su sardina a una de las piscinas que le oferta Carlo. Ello, a cambio de posibilitarle a este último los favores de Malibú, que finalmente se revela como una autómata -una teleadicta-, tal cual sucede hoy en día con las tabletas o los móviles. Cuando todo este entramado de relaciones se tambalea, no es extraño que, por consiguiente, también lo haga la casa que habita Cofield (en la que se han refugiado el resto de protagonistas una tarde de tormenta).

De este modo, No hagan olas proporciona una simpática distorsión de la realidad, no en clave de parodia, como Casino Royale, sino participando del humor desenvuelto de una screwball comedy (comedia disparatada). Como asegura Carlo, para enamorarse es mejor no mirar las cosas con realismo.


En suma, bajo el aspecto de una comedia ligera, y desde luego, sin pretenciosas o impostadas aspiraciones, esta producción de Martin Ransohoff (1927), con fotografía de Philip Lathrop (1912-1995), decorados de Edgard Carfagno (1907-1996) y pizpireta música -igual de eficaz que en el caso anterior- del más desconocido Vic Mizzy (1916-2009), nos entretiene mostrando cómo podemos influirnos los unos a los otros. Ya que los demás tejen sus redes, Carlo Cofield también lo hace, aunque, como suele suceder, logra lo que desea, y así pasa lo que pasa.

Escrito por Javier C. Aguilera


Clásicos Inolvidables (CXXXIV): Olalla, de Robert Louis Stevenson

08 julio, 2017

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Desde el Romanticismo nos han cautivado toda clase de historias alejadas de nuestra realidad inmediata, llegando incluso a fascinarnos el horror fantasioso que muchos autores desplegaron en la narrativa gótica. Al escritor Robert Louis Stevenson (1850-1894) se le ha conocido por dos facetas: sus novelas de aventuras, que suelen agruparse como literatura juvenil, al estilo de La isla del tesoro (1883), y su obra más decantada por el terror, pero un terror más psicológico, siendo su obra maestra El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde (1886). Entre esta última clase de historias podríamos situar su novela corta Olalla (1885).

Situada la acción en España, país que ofrecía una visión exótica al viajero romántico como mostraron diversos autores de la época, seguimos los pasos de un soldado convaleciente al que recomiendan hospedarse en un lugar cercano a la naturaleza para mejorar su estado. Para ello, será acogido por una antigua familia aristócrata venida a menos tanto en riqueza como en genética. La única condición será no entrometerse en sus vidas. Sin embargo, conforme avancen los días entre aquellas paredes, el misterio y la ansiedad llevarán a nuestro protagonista a tratar de descubrir qué sucede en esa familia, lo que le llevará a enamorarse irremediablemente de la hermosa Olalla.

El punto de interés no se encontrará en el protagonista, también narrador de la historia, dado que de él lo desconocemos todo, sino más bien en las impresiones que le causó este episodio de su vida y en su relación y descubrimientos sobre esta familia. Desde un principio, observaremos cómo se sitúa en un plano de superioridad con respecto a sus anfitriones, a quienes conocerá de manera escalonada. En primer lugar, a Felipe, el hijo de actitud salvaje y bruta, tan pueril como para obedecer las órdenes de su huésped, pero demasiado inocente como para aportarle una conversación de cierto interés. En segundo lugar, la madre, una mujer mayor que pasa sus días en la mayor pasividad posible, desconectada y desinteresada de su entorno. Ambos son el ejemplo de una dinastía que ha sufrido una degeneración genética por tratar de mantener la sangre aristócrata.

Por contra, Olalla parecerá ser la única que mantenga la mayor humanidad, quien realmente controle a Felipe y quien se encarga del hogar como una cautiva de su propia historia familiar. Ella será la principal incógnita y motivo de interés del protagonista, aunque será a quien más tarde en conocer, siendo también un proceso que se inicia en los comentarios externos, prosigue con la inspección de sus pertenencias a escondidas, y finalmente con el encuentro casual, pero ansiado, en el que se inicia la obsesión del narrador por conseguir no solo el amor de Olalla, sino también su salvación. Una obsesión que se reflejará desde el inicio en la atracción que sufre el narrador por un retrato de una antepasada familiar.


A pesar de tratarse de una obra breve, casi más un relato que una novela, se trata de un texto sugerente con diversas posibilidades interpretativas. Por ello, me ha resultado curioso observar en varias páginas menciones a la licantropía, cuando no hallo en mi lectura rasgos de este tipo, sino, más bien, de vampirismo, lo que arrojaría a la narración algunos valores añadidos, como observar a Olalla abrazada a una cruz, prefiriendo la extinción antes que perpetuar su decadente estirpe, o la atracción tan inmediata que sufre nuestro protagonista por la inmensa belleza de su anfitriona. Aún así, no se ofrece en ningún caso una explicación sobrenatural a los hechos, sino que se recurre sobre todo a la degeneración de la familia, a la maldición que les persigue por su perpetuación endocéntrica.

Sea cual sea el prisma con el que se observe, considero que el retrato de esta peculiar familia que realiza Stevenson consigue tener una entidad propia y diferente a otros textos con los que, no obstante, comparte espíritu. No en vano, se entremezclan el exotismo, la enfermedad del protagonista, el ambiente natural que incluso se expresa y afecta a los personajes, el enamoramiento febril, la presencia religiosa, la superstición y elementos propios del terror, como el hogar decadente y abandonado de una dinastía en su último estertor.


Sin duda, una novela breve que hubiera podido dar más de sí, con un final abrupto pero comprensible, dado que sitúa como auténtica protagonista del relato a Olalla y no al narrador, que acaba por convertirse en un testigo casual. Un testigo necesario para transmitir desde su visión externa esta historia trágica de tintes oscuros. Todo escrito con el cuidado literario de Stevenson y una ambientación que nos recuerda que el terror no solo se encuentra en la noche ni en las calles nebulosas de Londres.


Adaptaciones (LXVII): La tempestad, de Paul Mazursky

06 julio, 2017

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Tras las apreciables Próxima parada, Greenwich Village (Next Stop, Greenwich Village, Fox, 1976) o Una mujer descasada (An Unmarried Woman, Fox, 1977), el realizador estadounidense Paul Mazursky (1930-2014) abordó una adaptación de La tempestad (The Tempest, 1611) de William Shakespeare (1564-1616). Pero su Tempestad (Tempest, Columbia Pictures, 1982) no es una exacta recreación del original literario, sino una afinada paráfrasis donde sigue siendo relevante la relación entre padres e hijos, y entre el resto de los personajes principales de la trama. Así mismo, si el Próspero recreado por Shakespeare era un mago y un demiurgo consciente de su poder en todo momento, no sucede así en la película, donde al protagonista los elementos se le incorporan de improviso. De hecho, ¿conjura dichos elementos de la naturaleza o se sirve de ellos escenográficamente, como diría Jung (1875-1961), de una forma sincrónica? ¿Los desata o se deja arrastrar por ellos, ofertando su propia puesta en escena?

Philip Dimitrius (John Cassavettes) es un próspero -nunca mejor dicho- arquitecto de Nueva York. Pero la ciudad que nunca duerme se ha convertido para él en la ciudad donde nunca se descansa, física o mentalmente, por lo que se encuentra angustiado, sumamente hastiado por cuánto le rodea. En suma, en plena crisis depresiva, un proceso que se irá agudizando por una serie de circunstancias. Philip trabaja para el empresario mafioso Alonso (Vittorio Gassman), persona megalómana pero, y esto es un acierto del guión firmado por Leon Capetanos (-) y el propio Mazursky (el que no haya buenos o malos), hasta cierto punto cercana y comprensiva; lo que a la larga le clarifica la situación al arquitecto, en un momento en el que su esposa Antonia (Gena Rowlands) ha decidido retomar su carrera artística, incorporándose al elenco de una comedia musical (en el cual distinguimos al realizador en funciones de actor).

El caso es que Philip decide apartarse de todo este mundanal ruido, habida cuenta de que ya es incapaz de sentir apenas nada (salvo una severa consternación). Al igual que en la pieza teatral, cuando el relato arranca, el protagonista ya ha tomado posesión de “su” isla.

De cómo llegó y la forma en que se desenvuelve en dicho entorno, junto a su hija Miranda (Molly Ringwald) y su compañera y compatriota Aretha Tomalin (Susan Sarandon), con la única compañía del rústico Calibanos (Raúl Julia) y sus cabras, será algo que Paul Mazursky nos narre visualmente a lo largo de toda la película.


En otro buen apunte del guión, cuando Philip encuentra a Aretha, esta también se ha convertido en una exilada que trata de sobrevivir a las relaciones desafortunadas; en su caso, actuando en un bar griego, donde entona temas hebreos para los turistas.

Belleza, magia, inspiración, serenidad, silencio, intimidad y hasta encantamiento (doble calificativo para el concepto de magia), son algunos de los calificativos que Philip emplea para referirse a la isla del Egeo en la que recalan, un lugar de aspecto paradisíaco donde, en principio, el ser humano puede vivir en su elemento.

Pero elementos hay muchos, y el hecho es que, al tratar de “encontrarse a sí mismo”, Philip se ha construido una nueva prisión en la isla. Por ello, el emancipado náufrago no ceja en repetirse a sí mismo tales adjetivos, si bien, pronto sus acompañantes le ayudan a completar la ristra con otros tantos, como morosidad, encallamiento, sopor, ascetismo e incluso celibato. Allí, el grupo mata, más que pasa, su tiempo, sin duda determinante, pero que ya se halla detenido, tratando de recomponer las ruinas de un viejo teatro. En suma, en un lento transcurrir temporal, como (acertadamente) explicita el bello tango compuesto por Jerry Lieber (1933-2011) y Mike Stoller (1933), sinuoso, insinuante y hasta decadente, y que se incorpora a la climática banda sonora de Stomu Yamashta (1947; Casablanca/PolyGram, NBLPH 7269).

Ahora bien, como toda crisis comporta un cambio, este también afectará al grupo de urbanitas desubicados, sobre todo a la hija que, pese a todo, será en tal escenario donde se tope (literalmente) con el amor (entendido a la manera de los ochenta), en la figura del joven Freddy (Sam Robards), el hijo de Alonso.


En efecto, un buen día y transcurrido todo un ciclo solar, el grupo del gánster recala en la isla en compañía de Antonia, ahora compañera -más que pareja- de Alonso; al igual que Aretha lo es de Philip. Como en la obra original, el reencuentro pone a cada conciencia en su sitio.

En este punto, y como ya he señalado, la isla fotografiada por Donald McAlpine (1934) se ha convertido para Aretha y Philip en otra prisión. Lo que significa que en ambos mundos se les agota el entusiasmo, aunque los actantes traten de convencerse de que el “paraíso” isleño es la panacea vital. Esto es de locos, resume Aretha, en una apreciación que bien puede aplicarse a los dos escenarios. Con caprichosos arranques de infantilismo, Philip se halla en un permanente tira y afloja; por lo que no es raro que la solución genuina, al menos a corto plazo, venga de la mano de aquellas personas con las que mantuvo un vínculo más estrecho; concretamente, de su esposa. Al igual que en la pieza teatral, los personajes de La tempestad se ven abocados a una crisis cuya solución pasa por reconducir los términos de sus relaciones (si existe un cariño auténtico que las sustenta). Es por ello que Philip interacciona con los elementos (una tormenta) ya en su apartamento de Nueva York; como también he anotado antes, uno de los aciertos de la película consiste, precisamente, en que el protagonista parece el causante directo de la magia sin que podamos corroborarlo a ciencia cierta, a modo de un habilidoso canalizador o un director de orquesta. No en vano, es en la gran urbe donde confiesa a Miranda que los adultos no somos libres, sino tan solo mayores. Aparte de que la isla supone una segunda huida, tras una primera intentona en Atenas, frustrada con la aparición de la camarilla de Alonso, como más tarde sucederá en el apartado refugio. Ello, pese a que Antonia comente que no acabo de saber lo que hago yo aquí. En tanto las piezas terminan de encajar, tampoco a ella le satisface su nueva situación.


Así, en medio de la vorágine de los aburridos compromisos sociales, estas vidas prediseñadas (en todos los estratos) y predeterminadísimas, tratan de reconducirse cuando son conscientes de su situación, o de reinventarse (caso de Antonia) cuando no; siendo, en cualquier caso, esta coyuntura, el necesario motor que propicia un inevitable cambio de rumbo.

Así lo constata Alonso cuando le pregunta a Philip si es feliz, antes de la decisión de su exilio voluntario (y en cierta medida forzoso), y después de haberlo definido como un genio en su profesión. Aunque aún queda mucho trecho para que Philip complete su propio círculo y comprenda que, de hecho, no puede existir paraíso alguno si no se parte de uno mismo (¡horror para los colectivistas políticos y religiosos!), por primera vez en su vida y carrera, vislumbra algo valioso sobre lo que poder edificar, desde sí mismo hacia los demás.

Narrada con eficaz detenimiento, pero sin tiempos inútiles o muertos, Paul Mazursky lleva su alegórica lectura al terreno de la modernidad, a una comunión compartida pero estrictamente personal. De tal modo que, tras la tempestad les llega la calma a todos los personajes, que saludan tras la representación, es decir, tras la oportunidad de haber hecho un sincero balance y de perdonar; un retorno ilustrado por la extraordinaria voz de Dinah Washington (1924-1963). El reencuentro es, por lo tanto, múltiple, y se resuelve casi como por arte de magia.

Escrito por Javier C. Aguilera

Wonder Woman, de Patty Jenkins

04 julio, 2017

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Para gran parte de la crítica, la llegada de una superheroína ha venido a salvar a un decadente universo cinematográfico de DC. A lo que habríamos de añadir que estamos ante una digna obra que realza por fin a un personaje femenino fuerte, una de esas princesas que no necesita ser salvada. Podría parecer que Wonder Woman se une a esa agradecida legión de protagonistas que vienen a solventar una deuda que el cine, en general aunque con excepciones, o el género de superhéroes en particular, tenía con las mujeres, aunque cabe mencionar que esta superheroína siempre ha sido un modelo en el mundo del cómic, como ya comentábamos a colación de una de sus historietas, El Círculo (Gail Simone y Terry Dodson, 2008).

Ahora bien, a diferencia de sus dos compañeros más célebres, con los que en el cómic ha llegado hasta a formar la Trinidad de DC, no había tenido hasta el momento una gran presencia en la gran pantalla. Así, si de Superman tuvimos aquellas fantásticas películas de Richard Donner (1930) de los setenta, además de varias series televisivas y revisiones más recientes, o de Batman tuvimos la graciosa serie de los sesenta protagonizada por el recientemente fallecido Adam West (1928-2017) y las películas iniciadas por Tim Burton (1958) a finales de los ochenta, además de una serie animada que hizo las delicias de muchos, realizada por Bruce Timm, o la más reciente trilogía de Christopher Nolan (1970), Wonder Woman había quedado relegada a una serie de los setenta protagonizada por Lynda Carter (1951), exitosa pero insuficiente para la importancia del personaje. Sobre todo si comparamos las trayectorias.

No obstante, los papeles parecen haberse invertido. Con la dirección de Patty Jenkins (1971), encargada también de Monster (2003), Wonder Woman (2017) ha llegado para cautivar allá donde tuvieron una acogida más fría Man of Steel (Zack Snyder, 2013) o Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia (Zack Snyder, 2016), recordando además que en esta última fue uno de los personajes mejor valorados, gracias también a la interpretación de Gal Gadot, que repite en el rol y a la que volveremos a ver en La Liga de la Justicia (2017).


Así pues, viajamos a otra época, o a otras épocas, en una retrospectiva que nuestra protagonista, Diana Prince, hace de su primera aventura en el mundo de los hombres. Sus orígenes nos la muestran viviendo con las amazonas como la hija de la reina Hipólita (Connie Nielsen) y anhelando unirse al entrenamiento militar con su tía Antíope (Robin Wright), en Temiscira, la isla protegida por Zeus para evitar que cualquier daño les alcanzase. Sin embargo, cuando Diana ya se ha convertido en una poderosa guerrera, llegará a la isla un espía y piloto norteamericano, Steve Trevor (Chris Pine), el primer hombre que ve en su vida; escena que, por cierto, homenajea de forma evidente a La sirenita (Ron Clements y John Musker, 1989). Gracias a él descubrirá que en el mundo exterior se bate la mayor guerra vista por el ser humano, la Gran Guerra, que hoy conocemos como Primera Guerra Mundial (1914-1919). A partir de los viejos mitos que le han inculcado, comprenderá que debe luchar a favor del ser humano y librarlo de la influencia de Ares, dios de la guerra, aunque la realidad del mundo que va a descubrir acabará por chocar con su idealismo.

La obra es ligera en su planteamiento y sabe de sí misma que es una aventura y que procede de un tebeo. Sus tramos están bien delimitados y todos sus elementos equilibrados, lo que la erige como una historia sencilla y bien construida. Exceptuando el encuadre del principio y del final, que hace que toda la trama sea un flashback en la memoria de Diana, la primera parte es un prólogo de los orígenes de Wonder Woman, mostrándonos sus habilidades no solo a través de sí misma, sino también del resto de compañeras amazonas a las que ella misma contempla de niña. Una parte que finaliza cuando decide embarcarse junto a Steve en el regreso a un mundo que le es desconocido y donde quiere acabar con la guerra. Ya en ese momento se sembrarán algunas incógnitas que se resolverán hacia el final, como los secretos que su madre o el resto de las amazonas no le han contado.


El segundo tramo abarcará el choque cultural entre la fortaleza y la convicción moral de Diana y un mundo injusto, cruel y sucio representado por un gris y poco atractivo Londres. Sin duda, las ocasiones más humorísticas se dan en ese contraste, humor no exento de crítica, por ejemplo hacia el rol de la mujer a inicios del siglo XIX frente al predominante papel femenino de la isla de la que ella procede. Incluso otro personaje femenino secundario, la secretaria de Steve, Etta Candy (Lucy Davis), que se nos muestra como antítesis físico al personaje, servirá para enseñar cómo avanzaba la mujer en esa época, a través de las manifestaciones para conseguir el voto femenino. El candor de Diana ante el mundo que descubre también se tornará en ira cuando contemple las decisiones de sus líderes políticos o militares, así como cuando la aparten o la menosprecien por ser mujer.

El tercer tramo se enfocará en el conflicto bélico, centrándose en mostrarnos el mayor cúmulo de escenas de acción protagonizadas por Wonder Woman frente a las diseminadas en los tramos anteriores. Este último tramo se puede dividir entre la batalla en el frente, donde la superheroína mostrará su superioridad frente a las armas humanas, el espionaje en el bando enemigo, momento de desilusión y cisma para Diana, y finalmente, las secuencias finales y climáticas para evitar la hecatombe que produciría el gas mortal inventado por la Doctora Veneno. En todo este viaje por el frente no faltarán los momentos humorísticos, menor en número que antes, las escenas de mayor emotividad y fuerza dramática, que servirá para aumentar la vinculación del espectador con los personajes y también entre los personajes mismos, o la acción más desenfrenada, que gracias al uso (en ocasiones, excesivo) de la cámara lenta pretende hacerse menos confusa. No falta ni siquiera el momento de abismo en el que nuestra protagonista parezca haber sido derrotada y no particularmente en el terreno físico, sino, o sobre todo, en su ánimo y en su esperanza en el ser humano.


La película logra un retrato bastante completo de su protagonista al conseguir un equilibrio entre toda su fuerza y poder físico, que logra epatar a sus compañeros, y la fragilidad que desprende por su incomprensión del mundo y por la inocencia con la que contempla y simplifica una realidad que nosotros y también el resto de personajes sabemos más compleja. Además, aunque su obsesión por la figura de Ares la lleve a resultar sanguinaria, llegado al momento mostrará su lado más compasivo y clemente. No en vano, aunque estemos ante una aventura en medio de la guerra, la historia tiene un tono y trasfondo antibelicista, mostrando el sinsentido y absurdo de las guerras así como el dolor que causa a inocentes o hasta a propios soldados: la sorpresa llega cuando los alemanes, enemigos, se quiten el casco y desvelen que... ¡apenas son unos muchachos asustados!

En cuanto a los defectos, suelen ser ya algo habituales. Por una parte, los villanos se unen a esa lista de personajes vacíos, que se podrían unir a los típicos nazis (aunque en este caso nos situemos en la Primera Guerra Mundial), cuya motivación es la búsqueda de poder y la destrucción del enemigo cueste lo que cueste, ignorando las consecuencias. Son Maru, la Doctora Veneno (la española Elena Anaya), y el general Erich Ludendorff (Danny Huston), que pretenden usar un gas que liquide a todos sus enemigos de forma masiva. Una muestra de la autodestrucción del ser humano y de nuestro perfil más oscuro. En este sentido, resulta mucho más interesante el planteamiento de Ares como esa posible influencia negativa para el ser humano, como si acaso no existiese libertad o libre albedrío, sino manipulación divina. Esa libertad que permite a los hombres destruirse a sí mismos se enfrenta también a la visión idealizada de Diana sobre el carácter positivo y bondadoso, pero determinista, del ser humano como creación de los dioses.


Por otra parte, tenemos personajes secundarios de soporte que pueden llegar a resultar innecesarios. Por suerte, en esta ocasión, se les brinda a cada uno algún momento de profundidad para mostrarnos su angustia existencial causada ya no solo por la guerra, sino por las desigualdades del mundo en el que viven. Todo ello a pesar de la primera impresión negativa que cada uno de ellos había causado en Diana. Así, encontraremos a quien ha perdido a su pueblo y su legado cultural, a quien ha perdido sus sueños o a quien le atormenta y la incapacita un pasado siempre presente, remordimientos que llegan hasta a sus sueños. Y todo ello generalmente por culpa no solo de un enemigo, sino de aquellos que, se supone, eran de los buenos. La naturaleza del bien y del mal se quiebra en esta película, como descubriremos a través de las palabras de Steve Trevor: nada de esta guerra depende de la acción de una única persona. Pese a lo cual, persiste la esperanza.

Por último, para los espectadores más acostumbrados, ciertos acontecimientos o giros resultarán previsibles, aunque puedan sorprender a los neófitos y al público más joven. También desentonan en una película de tan buena factura algunos efectos especiales mal ejecutados, sobre todo en el tramo que transcurre en Temiscira y en relación a los saltos de nuestro heroína. La banda sonora, encabezada por el compositor Rupert Gregson-Williams, se une al repertorio habitual, destacando, no obstante, el leit-motiv de Wonder Woman, que ya conocíamos por Batman v Superman: El amanecer de la Justicia y que aquí estará diseminado en la película de forma abreviada o presencial en determinados momentos, hasta la explosión de Diana como símbolo y heroína, ya en el frente de batalla.


En definitiva, una aventura de luz en medio de una situación de sombras. Una película redonda que logra tener personalidad propia a pesar de que, en su propuesta, nos puede recordar en ciertos detalles a otras obras marvelitas, como Capitán Américan: el primer vengador (Joe Johnston, 2011) o, incluso, Thor (Kenneth Branagh, 2011). Resulta fácil comprender la desilusión de Wonder Woman, aún más cuando desde nuestra perspectiva sabemos que aquella no fue la última guerra, la última "Gran Guerra", ni tampoco que la creación de armas letales, como aquel gas, finalizó en aquel momento. En parte, esta película también nos sirve de espejo, de espejo crítico con nuestra historia y, sobre todo, con nuestro afán bélico. Y a la vez, nos deja espacio para el heroísmo, para el sacrificio y para recordar que sí, fuimos capaces de lo peor, pero también somos capaces de lo mejor. De nosotros y de nuestras acciones depende.


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