El autocine (XLVI): La humanidad en peligro, de Gordon Douglas, y The Deadly Mantis, de Nathan Juran

19 febrero, 2018

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El desierto es un lugar donde se mezcla lo peligroso con lo fascinante. En el estado de Nuevo México (EEUU), al lado de White Sands, que es el emplazamiento donde detonó la primera bomba atómica, en 1945, dos agentes de la policía, el sargento Ben Peterson (James Whitmore) y el patrullero Ned (Chris Drake), acuden a socorrer a unos campistas. Lo hacen en coche, pero con apoyatura aérea; un medio suplementario que se verá fundamental, directa o indirectamente, en el desarrollo visual y argumental de La humanidad en peligro (Them, Warner Bros., 1954).

Los agentes solo encuentran a una niña (Sandy Descher), como única superviviente de un ataque cuya naturaleza aún se desconoce. Por desgracia, esta se halla en acusado estado de shock, y no puede revelar ninguna información. Salvo en un caso. Cuando las causantes del enigmático ataque emiten sus vibrantes sonidos, destinados a la comunicación entre sí mismas, la chica reacciona gestualmente y de forma elocuente, pero ni el doctor que la atiende ni el bueno de Ben Peterson se dan cuenta de ello en ese preciso momento. Solo el espectador, tal y como lo ha planificado el realizador Gordon Douglas (1907-1993), advierte el significado de esta expresión.

Habrá que esperar hasta que el resolutivo doctor Harold Medford (Edmund Gwenn), haga otra prueba, a fin de que la muchacha muestre algún signo de reanimación, a base de hacerle oler una muestra concentrada de ácido fórmico. Lo interesante, por lo tanto, es que asistimos a los efectos de una invasión, antes de que sepamos, stricto sensu, las causas u origen de la misma. Estas se determinarán más tarde.


No cabe duda de que es el propio desierto uno de los personajes destacados de La humanidad en peligro, aunque la acción se acabe trasladando a la ciudad de Los Ángeles (EEUU). Entre las criaturas que lo habitan, están algunos seres humanos, en una perdida caravana, o atendiendo un comercio de abastecimientos, también saqueado, como averiguan Ben y Ned cuando inspeccionan dicho establecimiento. De igual modo, el viento del desierto se deja sentir, formando parte de la banda sonora; esta vez, a cargo del competente y versátil Bronislau Kaper (1902-1983).

A la antedicha cuadrilla local se suman, entre otros, Robert Graham (James Arness), oficial de la oficina central del F.B.I. en Álamogordo (Nuevo México), el referido doctor Medford, y su hija, también doctora en el estudio entomológico, Patricia Medford (Joan Weldon). El grupo tratará de determinar las causas de los ataques, así como el paradero de los desaparecidos, en más de un sentido, tragados por las arenas del desierto. Incluso el doctor Medford pondrá al corriente al resto de sus compañeros de equipo, formado por los policías y otros altos mandos del ejército, acerca de la naturaleza y hábitos de los animales que se identifican como la causa de todo el misterio, unas hormigas agigantadas por la radiación atómica. Lo hará por medio de la proyección de una película documental, al estilo de lo que sucedía en Con destino a la luna (Destination Moon, Irving Pichel, 1951). Ello evidencia lo poco que sabemos acerca de nuestros vecinos más comunes e invisibles.


A este respecto, también es significativo anotar cómo antes de que Medford desvele sus sospechas, ellas aparecen. Lo mismo sucederá cuando las reinas volantes emprendan su vuelo: en principio, solo conocemos los resultados dramáticos que causan.

Este sostenimiento del suspense, y el pesar genuino de algunas de las víctimas supervivientes, es lo que distingue a La humanidad en peligro, convirtiéndola en una particular obra maestra del género. Un suspense que, por ejemplo, atañe a la desaparición de dos niños, que como se podrá comprobar, aún continúan con vida.

Todas las fuerzas, científicas, policiales y militares, se coordinan una vez se ha detectado el primer hormiguero. Un enclave inicial, porque de él se propaga la amenaza, en off visual, aunque por eso mismo, de forma sumamente efectiva, de un par de hormigas reina que establecen sendas colonias. La primera será destruida, según se nos narra, al igual que la segunda, aunque esta requerirá del esfuerzo adicional de los protagonistas, ahora sí, visualizado en imágenes, una vez se ha localizado el hormiguero en la citada ciudad de Los Ángeles. Tras mantener el sigilo de cara al público, lo que equivale a decir que de cara a la prensa, la población es informada finalmente del peligro. Pero Gordon Douglas evita los típicos planos de una población aterrorizada. Por el contrario, esta se nos muestra responsable y cumplidora de todas las advertencias. Así, mientras El Monstruo de tiempos remotos (The Beast from 20.000 Fathoms, Eugene Lourie, 1953) tomaba la ciudad indisciplinadamente, aquí las autoridades militares se curan en salud, aconsejando a todos los residentes.

Entre tanto, el considerado “sueño de un científico”, en palabras del doctor Medford, no tarda en convertirse en una verdadera pesadilla, bien ilustrada en el momento en que Ben, Patricia y Robert, descienden por el primer hormiguero, situado en el desierto, procediendo a inspeccionar el nido, después de haberlo envenenado. ¡O casi! Realmente, esta experiencia es lo más parecido a estar en otro mundo, dentro de este.

Sin duda, una idea colosal, tal cual la desarrollaron los guionistas Ted Sherdeman (1909-1987) y Russell Hughes (1910-1958), en torno a un relato de George Worthing Yates (1901-1975).


Como hemos podido comprobar, el temor a la repetición y consecuencias de un pavoroso acontecimiento real, esto es, las pruebas nucleares (es curioso cómo la historia se repite, ahora en otras temibles latitudes), viene a ser el elemento primordial que articula el argumento de La humanidad en peligro; al igual que una erupción volcánica hace lo propio en nuestra siguiente película a reseñar, The Deadly Mantis (La mantis mortífera o El monstruo alado; Universal, 1957). De hecho, este temor conforma el sustrato dramático de todo un (sub)género, el de mutantes, animales prehistóricos revividos, y otros monstruos derivados de la radiactividad atómica.

En esta ocasión, el inasequible e imprescindible productor William Alland (1916-1997), también responsable de la historia original, contrató de nuevo al guionista de Tarántula (Tarantula, Jack Arnold, 1955), Martin Berkeley (1904-1979), para poner en marcha otra Monster Movie (o Bug Movie), que incluye varias imágenes de archivo extraídas de otras películas y documentales. Estas son las referidas al pueblo esquimal que sufre las consecuencias de la mortífera mantis, al deshielo de un glaciar y un iceberg, o a las distintas barreras de radares, distribuidas por el territorio estadounidense, Canadá y la zona polar. En concreto, se acentúa la información respecto a la Barrera del Sistema de Alerta Anticipada, o DEW (Disitant Early Warning System), en pleno Ártico.

Considero que todas estas aclaraciones iniciales son oportunas, pues además de conferir una pátina realista a la película, nos preparan para la subsiguiente información de una señal misteriosa que va y viene; con lo que no se sabe, a ciencia cierta, a qué corresponde. Unas veces se muestra por encima del radar, y otras por debajo del mismo.


En suma, es esta una producción sobre la que se han cebado los tópicos, que si el militarismo (para los que cualquier presencia militar en la pantalla resulta ofensiva), que si la falta de carisma del guión o los intérpretes, que si el excesivo protagonismo del monstruo (¡pues claro!)... Sin embargo, al margen de algunas inconsistencias, The Deadly Mantis funciona como relato de terror, bien organizado por el austriaco afincado en Estados Unidos, Nathan Juran (1907-2002). Arquitecto, director artístico, y finalmente realizador de algunas memorables películas, Juran inserta en The Deadly Mantis la idea precedente de un colosal monstruo, que también puede volar, tal y como se muestra, y que asimismo acaba buscando refugio en un entorno artificial cerrado. Aparte de que, esta vez, el protagonismo es compartido, no ya por el animal, sino por otros cuatro personajes, como son el coronel Parkman (Craig Stevens), el doctor Nedrick Jackson (William Hopper), jefe de antropología del Museo de Historia Natural de Washington; su ayudante y directora de la revista del museo, Marjorie Blaine (Alix Talton), y el general Mark Ford (Donald Randolph). Un grupo al que se suma esporádicamente un patólogo, el profesor Gunther (Florenz Ames).


La cámara se desplaza por un mapa de todo el globo al inicio de la película. Más concretamente, se detiene en el Mar de Weddell, en el Círculo Polar Ártico, donde acontece la citada erupción, y más adelante, en Polo Norte, lugar donde la reacción que prosigue a toda acción, tal y como advierte una voz en off, se deja sentir en forma de terremoto, haciendo que un ejemplar extraordinario de mantis religiosa se libere de su prisión de hielo, descongelándose tras miles de años. La criatura pertenece a un tiempo del pasado en el que esta zona polar no estaba dominada por los témpanos. La intriga se extiende, por lo tanto, al origen de este monstruoso organismo.

La misma voz en off nos informa acerca de los antedichos y diversos sistemas de prevención por radar. A partir de ahí, la situación es análoga a la de La humanidad en peligro. A los puntos ya señalados, podemos añadir el hecho de que las apariciones del monstruo vienen precedidas por el sonido que origina, así como la pérdida de contacto con una base de avanzadilla, en funciones de estación meteorológica; la enigmática ausencia de cuerpos humanos en los escenarios vulnerados, la retención de la noticia hasta que llega el momento de darla a conocer, por medio de la prensa, o la extraña evidencia de unas huellas difíciles de clasificar (esta vez, en la nieve: aquí el escenario es otro tipo de desierto). Con la adición de que los ataques a dicha estación sí que son mostrados, al menos en parte, pues se pretende conservar el suspense en la medida de lo posible. Más aún, la agresión y posterior derribo de un C-47 del ejército, es planificado de forma bien sencilla y efectiva, por medio de un solo plano en el interior de la cabina.


Pero al contrario que las hormigas de La humanidad en peligro, ni el fuego ni las balas parecen poder detener al descomunal insecto. Ni siquiera un buen puñado de misiles. Finalmente, este sucumbirá al gas, ¡pero no sin un gran esfuerzo por parte de Parkman y sus ayudantes!

Eso será después de que la base de operaciones de los protagonistas se traslade desde el Ártico a la ciudad de Washington, donde la mantis lega una de las imágenes más icónicas de la película y del género. Aquella en la que se encarama al Monumento de Washington (finalizado en 1884), en una escena filmada, en parte, con una mantis auténtica. En este sentido, están bien resueltos los efectos especiales de Clifford Stine (1906-1986), que lega otros momentos estupendos, como los del monstruo apostado entre la niebla, atacando un barco de pesca o un autobús; o acercándose y posándose en el referido monumento nacional. Particularmente trabajada está también la música de William Lava (1911-1971) e Irving Gertz (1915-2008); como de costumbre, coordinada por Joseph Gershenson (1904-1988).

Escrito por Javier C. Aguilera


¿Qué me pasa, doctor?, de Peter Bogdanovich, y Alegrías de un viudo, de Howard Zieff

14 febrero, 2018

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Reconocer a un alma gemela no parece una tarea sencilla, y si no que se lo pregunten a los principales protagonistas de ¿Qué me pasa, doctor? (What’s Up, Doc?, Warner Bros., 1972). Aunque es muy probable que estos le respondan que se trataba de algo inevitable, o bien, que no saben de qué les está hablando. El hecho es que, en un escenario característico de la comedia de enredos, adornado con situaciones cómicas al estilo de los inolvidables Stan Laurel (1890-1965) y Oliver Hardy (1892-1957), el musicólogo Howard Bannister (Ryan O’Neal) y la erudita estudiante -o aspirante a estudiante-, Judy Maxwell (Barbra Streisand), se encuentran el uno al otro, o más bien, se tropiezan el uno con el otro.

Howard acude a un Congreso de Musicología que se celebra en San Francisco (California, EEUU). Lo hace en compañía de su prometida, la estructurada y atosigante Eunice Burns (una excelente Madeleine Kahn). El realizador Peter Bogdanovich (1939), con la aquiescencia de su diseñadora y decoradora Polly Platt (1939-2011), no deja escapar la ocasión de caracterizar a Eunice al modo provinciano de los años cincuenta, tanto en peinados (aún por vía de un elemento postizo como es una peluca) como en indumentaria.

Escrita por Buck Henry (1930), Robert Benton (1932) y David Newman (1937-2003), estos dos últimos responsables del guion de la posterior Superman (Ídem, Richard Donner, 1978), pero ahora en torno a una historia del propio Bogdanovich, ¿Qué me pasa, doctor? desarrolla progresivamente una trama donde el macguffin o detonante del relato consiste en unos documentos secretos, puestos en danza por medio de un baile en el que actúan cuatro maletines idénticos.


Cada uno de dichos maletines posee su dueño, ¡aunque nadie lo diría! El de los documentos es custodiado por un agente del gobierno (Michael Murphy), siendo ambicionado por un caco (Philip Roth); otro contiene las valiosas joyas de la duquesa van Hoskins (Mabel Albertson), no menos codiciadas por los recepcionistas del hotel donde confluyen todos los personajes (Stefan Gierasch y Sorrell Booke). Un tercero pertenece a Judy, y el último a Howard Bannister, que guarda en él sus preciadas rocas ígneas, objeto de su estudio.

Esta maraña de extravíos e identidades falsas y encubiertas favorece un desarrollo argumental de encuentros, desencuentros, ocultaciones, simulaciones y revelaciones. Mientras que unos personajes tratan de permanecer en la sombra (el agente y los ladrones), otros pugnan por salir a la luz, esto es, por emparejarse convenientemente: Howard, Judy, y en última instancia, Eunice con el filántropo Frederick Larrabee (Austin Pendleton), y hasta el acaparador y adulador Hugh Simon (Kenneth Mars), que lo que persigue es ser el centro de la atención.

Pero centrándonos en Judy y Howard, son los suyos dos destinos que convergen y se materializan en los encuentros que fuerza Judy. Ambos, además de estar sostenidos por una evidente atracción física, que el director no se recata en subrayar, habrán de pasar la prueba ígnea de reconocerse como afines, sobre todo en el caso del organizado Howard. A espabilarlo se aplica Judy, estirando cómicamente la casualidad para que todo termine cuadrando, cualidad intrínseca de la comedia (el orden tras el desorden). Así, en la estricta y empírica vida de Howard Bannister, el polo de la voz cantante vira de Eunice, inhibidora de la voluntad y la imaginación, a Judy, instruida y portadora de la teoría del caos. Por eso, la inicial confusión e irritación de Howard, más que doblegarse, encuentra paulatino acomodo en este nuevo marco de referencia.


Comedia destrozona y de equívocos, fotografiada por László Kovács (1933-2007), la fórmula no ha dejado de repetirse desde entonces con progresiva menor gracia y disminuido talento cinematográfico. A este respecto, Peter Bogdanovich recordaba cómo su intención fue la de emular el espíritu verbenero y el talante artístico de logros incontestables como La fiera de mi niña (Bringin’ Up, Baby, 1938), aunque como Howard Hawks (1896-1977) le recordó, una vez se estrenó la película, ¡sin haber hecho uso del tigre! (la buena aceptación del veterano realizador la recoge Bogdanovich en su libro El director es la estrella vol. I [Who the Devil Made It, 1997; T&B, 2007]).

Lo que no varía es el hecho de que, al igual que sucedía en La fiera de mi niña, el lenguaje se retuerce y altera su significación hasta el límite de lo estrambótico, caso de la expresión sex appeal. Incluso la primera vez que Howard y Judy se confiesan amor mutuo es aprovechando la letra de la célebre canción As Time Goes By (1931), de Herman Hupfeld (1894-1951).

Finalmente, los protagonistas se ven inmersos en una persecución que es un desbocado intento de huida a lo Buster Keaton (1895-1966), a través de la reconocible orografía de la ciudad del Golden Gate (1937). Al efecto, ¿Qué me pasa, doctor? incorpora situaciones cercanas al universo de los dibujos animados, si bien, en imagen real (Judy suspendida en el vacío, determinadas reacciones y actitudes, la referida persecución); un rasgo confirmado por la imagen final de la película. Al fin y al cabo, tal y como explicita Judy, no se puede luchar contra un terremoto.

A modo de programa doble, me ha parecido oportuno incluir Alegrías de un viudo (House Calls, Universal, 1978) en el presente artículo. Película escrita por un excelente plantel de guionistas clásicos, como Max Schulman (1919-1988) y Julius J. Epstein (1909-2000), adaptada a los tiempos por Alan Mandel (1945) y Charles Shyer (1914), con música de Henry Mancini (1924-1994), fotografía de David M. Walsh (1931) y realización de Howard Zieff (1927-2009), Alegrías de un viudo da comienzo cuando, tras un periodo vacacional y de sanación personal, el cirujano Charlie Nichols (Walter Matthau) regresa a Los Ángeles desde Hawái, con objeto de reincorporarse a su puesto de trabajo en el hospital Kensington (alocado escenario, al estilo del hotel de ¿Qué me pasa, doctor?). Se da la circunstancia de que Charlie ha enviudado recientemente, lo que, casi de forma automática, aunque pasado un tiempo prudencial, lo convierte en un codiciado soltero; poco menos que en un objeto de deseo. El hecho de estar interpretado el médico por el mencionado Walter Matthau (1920-2000), proporciona comicidad visual al planteamiento, merced al torpón y desmadejado físico del personaje.

Pese a todo, Charlie no deja escapar la ocasión. Como él mismo recuerda, se casó con veintiún años, y mi último ligue fue en agosto de 1945. Muy solicitado, el cirujano deambula emocionalmente entre la diferencia generacional que le depara el tanteo con una enfermera (Sandra Kerns), y la alarmante perspectiva de verse utilizado por otra reciente viuda, la señora Grady (Candice Azzara), demandante del hospital a causa de una negligencia. Así ocurre hasta que Charlie da con la horma de su zapato en la figura, nada complaciente, de Ann Atkinson (la inglesa Glenda Jackson).


Primero como paciente, debido a una fractura del maxilar superior, o sea, una rotura de mandíbula, y luego como empleada en la sección de admisiones del hospital, gracias a Charlie, la relación entre ambos personajes se va consolidando, no sin las espontáneas erupciones emocionales. Como suele ser habitual, Charlie posee un confidente en la figura de su colega Norman Solomon, el futuro realizador Richard Benjamin (1938).

Para atender correctamente a Ann, Charlie se ha visto en la necesidad ética de enfrentarse con Amos Willoughby (Art Carney, el ganador del Óscar por la bonita Harry y Tonto [Harry and Tonto, Paul Mazursky, 1974]), a fin de interceder en la recuperación de la accidentada como Hipócrates manda. Y es que al inestable ambiente del hospital se suma la incompetente presencia de Willoughby, antediluviano jefe de cirugía que reclama otro mandato en su cargo, pese a no hallarse en las condiciones cognitivas más saludables. La razón que alega para ello, además de no volver a operar, es permanecer en el recinto hospitalario, pues considera que es como su hogar, además de un lugar donde se le respeta (siendo una de esas personas que languidece fuera del ámbito laboral). 

Con todo ello se pone en solfa buena parte de la institución médica, pero al mismo tiempo se evidencia el carácter humano de los protagonistas. Como inquiere el entretenido coloquio televisado en el que intervienen Ann y Charlie, respecto a la profesión de la medicina, ¿son sus componentes víctimas o dioses?


Sin duda, esta profesión médica se enfrenta con todo tipo de dificultades, pero a las intrigas hospitalarias añade Charlie su terapéutica relación con Ann. Se trata de una mujer en difícil situación pecuniaria y sentimental, por lo que a veces se muestra agria y clasista (por lo menesteroso). Razón por la que, también ella aprenderá a ser más algo más justa y equilibrada, a sopesar los posicionamientos ideológicos supuestamente superiores.

Entre tanto, y como queda dicho, a Charlie las conquistas no le aportan nada (duradero). Paralelamente, el tiempo corre y la situación con Atkinson se suaviza (menos mal que ella no prescinde de su feminidad como tantas otras). De este modo, los caracteres se van acoplando, no solo sexualmente, sino en un esforzado respeto mutuo. Por ejemplo, Charlie resulta ser otro sujeto captado por los eventos deportivos, mientras que a ella le traen sin cuidado. Asimismo, Ann pone en valor la fidelidad de un compromiso serio por ambas partes, en tanto que Charlie se resiste a abandonar su harén particular. Pero los dos ya han alcanzado una madurez en la que saben que, una vez se ha difuminado el fragor del deseo, se pasa a otra fase en la que se requiere de cierto ahínco para mantener una relación, que pasa a apoyarse en otros pilares básicos. Tanto Ann como Charlie descubren que se trata de algo que merece la pena.

Escrito por Javier C. Aguilera


WALL-E, de Andrew Stanton

13 febrero, 2018

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Como si fuera el destino de un solitario superviviente, un robot en silencio prosigue en una eterna tarea de limpieza mientras se salta su programación para descubrir una humanidad perdida en forma de objetos de un pasado perdido y de películas románticas e idealistas. Esos minutos iniciales y poéticos de WALL-E (Andrew Stanton, 2008) nos recuerdan a los grandes artistas del cine mudo que desprendían con el humor una gran humanidad, caso de Harold Lloyd (1893-1971) o Charles Chaplin (1889-1977), marcando así un prólogo que sigue en la misma calidad de Up (Pete Docter, 2009). Y no acaba ahí, sino que prosigue en una aventura de estilo bizantino, donde dos robots enamorados enfrentarán grandes obstáculos para estar juntos... mientras recuperan a la humanidad que perdieron los últimos seres humanos.

En WALL-E, como en Up, a la que podemos considerar una película hermana en su estructura, tenemos una gran división entre una primera parte y una segunda. La primera parte se inicia con el prólogo mencionado, que transmite toda una serie de sensaciones con recursos clásicos y que culmina con el encuentro con EVA y su posterior marcha forzada por su misión. A partir de ahí da comienzo la segunda parte, la odisea del robot por volver a estar junto a EVA mientras que con sus inocentes y torpes actos va desvelando el destino sin rumbo de una humanidad perdida en el espacio.

Podemos considerar que el prólogo es la mejor parte de WALL-E, pero lo cierto es que desarrolla grandes ideas dentro de la parte trepidante y más infantil de la aventura. Por una parte, nos encontramos con el reflejo de una sociedad prácticamente robotizada, o idiotizada. Una sociedad que, al vivir enganchada a la tecnología y al entretenimiento, con lo que ya se ha empezado a denominar nomofobia, ha dejado de pensar, de cuidarse físicamente y de, en definitiva, ser humanos. Aunque en gran medida el ser humano sirve de personaje de fondo general, representado sobre todo por el comandante de la nave, lo cierto es que guarda uno de los grandes mensajes de advertencia para el espectador, en la línea de la utópica Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932). 


No en vano, se hace hincapié en cómo la curiosidad se va extendiendo por este personaje para intentar aprender cada vez más sobre la Tierra y, por ende, sobre el ser humano, redescubriendo y planteándose preguntas acerca de una humanidad que es muy distante a aquella vida vacía en que ahora se encuentran, en la que todo es satisfecho de inmediato y donde no cabe cuestionarse nada. Una crítica a un tipo de sociedad acomodaticia y que ha perdido una de las señas de identidad del ser humano: la curiosidad, la capacidad crítica para plantearse el mundo, en la línea de lo que sugiere el cortometraje ¿Por qué desaparecieron los dinosaurios? (Mar Delgado y Esaú Dharma, 2011). Además, el sistema que controla toda la situación es una versión de HAL 9000 de 2001: Odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), siendo un claro homenaje, aunque poco original. Entre medias, también habrá críticas a las empresas corruptas que ocultan información a la sociedad. WALL-E no se aleja de ser una distopía encubierta en una película para un público infantil.

Por otra parte, nos encontraríamos el mundo animado de los robots, alejado de la simpleza en que se hayan instalados los humanos. WALL-E procede de la Tierra y ha heredado esa curiosidad innata que a los demás les falta, erigiéndose como un ser humanizado, como también sucederá con el resto de robots defectuosos. En este punto, merece la pena comentar cómo algunos de estos personajes marginados o apartados de los demás tienen defectos que se asemejan a enfermedades mentales de nuestra actualidad, como pudiera ser el TOC en el caso de un robot de limpieza. Ni en estos detalles se escapa la oportunidad de realizar una crítica a partir del humor. 


Continuando con lo mencionado sobre el protagonista, si este ha desarrollado sentimientos y curiosidad, es decir, se ha humanizado, el punto álgido de esta humanización se produce cuando se enamora de EVA. La relación entre ambos personajes no es novedosa, dado que parte de esquemas ya conocidos, incluyendo un rechazo final, el descubrimiento de los actos bondadosos del personaje que amaba desde el principio, en este caso WALLE, y finalizando en una conexión reforzada que, en este caso, vence a su propia programación electrónica. Sin embargo, que no sea original no le quita mérito a un desarrollo bastante logrado, tierno y emotivo, que remite a ciertas obras clásicas y que conecta a la perfección con el espectador.

Por último, y no menos importante, debemos destacar el mensaje ecologista de la película, que apuesta claramente por mostrar las consecuencias no solo del tipo de sociedad que estamos creando, sino también de los efectos que estamos causando en el planeta. Cuando advertía que no se alejaba de una distopía, bastaba con referirnos a ese prólogo ya citado o al momento final de la película, donde queda espacio para la esperanza. No podemos olvidar que el público objetivo de esta obra sigue siendo infantil, o juvenil, y por ello también existe una invitación a cambiar las cosas: a tener curiosidad, a plantearse un nuevo mundo, sin olvidar que para ello hay que esforzarse y luchar contra la adversidad.


En conclusión, WALL-E tiene la suerte de tener dos lecturas: la del robot simpático que se embarca en una aventura espacial para conseguir estar junto a su amada y la lectura crítica de una sociedad que es el reflejo de nuestro futuro si continuamos en la misma senda. Eso enriquece lo que aparentemente sería una obra infantil y le da un carácter maduro sin perder su capacidad para entretener a grandes y pequeños, con momentos de anticlímax y tensión incluidos.


Se suspende la función, de Fernando Lalana

11 febrero, 2018

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Aunque tópico, conviene recordar que el teatro solo está completo cuando se representa. Nos hemos acostumbrado a tener los textos teatrales en nuestras estanterías, a recordar algunas de las frases o escenas más célebres o incluso a reproducirlas a través de las adaptaciones cinematográficas, pero la pura esencia del teatro se encuentra en el escenario, en la conexión directa entre espectadores y actores, o cuanta parafernalia se quiera incluir por parte del ala vanguardista. Reitero esta idea como defensa necesaria de ciertos textos del género dramático que pierden todo su potencial y fuerza sin la representación, que es la que le otorga todo el sentido. Sin duda, podría ser el caso de esta pequeña y humorística pieza teatral escrita para niños: Se suspende la función (2004).

El autor de esta obra es Fernando Lalana (1958), quien forma parte esa pléyade de escritores españoles dedicados al mundo de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ), como Juan Muñoz Martín (1929), Concha López Narváez (1939), Jordi Sierra i Fabra (1947) o Laura Gallego (1977). A lo largo de una trayectoria de más de cien libros, ha obtenido premios como El Barco de Vapor y el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, por su novela más destacada, Morirás en Chafarinas (1991), el Premio Cervantes Chico en 2010 o el Premio Edebé de Literatura Infantil y Juvenil en 2012.

En este caso, nos acercamos a su labor como dramaturgo. En Se suspense la función encontramos una obra metaliteraria y que desde el principio rompe con la cuarta pared, un recurso que si bien moderno, está bastante extendido en las obras dirigidas al público más joven, a fin de conectar mejor con estos espectadores. El argumento nos lleva a una función a medio preparar, en pleno montaje, con los tramoyistas preparando la escena y el director ultimando los detalles. En ese momento, se quedan observando al público y se percatan de que se han equivocado de día y es la fecha del estreno: la función debería estar empezando. A partir de ese momento, los trabajadores del teatro tratarán de realizar la obra para impedir que cierren el teatro.

De esta forma, la taquillera, la limpiadora, los tramoyistas y hasta el portero se encargarán de realizar diferentes escenas que se convertirán en sketches, parodias o reconstrucciones absurdas de diversas escenas famosas. Lalana recurre a diferentes recursos humorísticos que proceden de la tradición más clásica de la comedia, como los papeles que se mezclan, el personaje que se debe enfrentar al público por primera vez o el usurpador de un rol que no es el suyo. Sin embargo, todos estos recursos no llevan a ninguna parte. El argumento es bastante visual y atractivo para verlo representado en vivo y disfrutarlo, pero no tiene ningún interés más allá del puro entretenimiento, sin desarrollo alguno. Tan solo el principio y el final contienen cierta crítica social a partir de la propia parodia, sobre todo la que incide sobre cómo los teatros están desapareciendo, la diferencia salarial o el destino incierto de todos esos trabajadores, pero, de nuevo, bajo el prisma de un humor poco innovador y ligado en su mayor parte a la acción.


Por otra parte, resulta curioso pensar que una obra publicada en 2004 contiene multitud de referencias de un mundo muy diferente al actual, aunque no hayan transcurrido ni veinte años. Los avances tecnológicos y las situaciones sociales, económicas y políticas de la última década han acelerado y cambiado tanto el panorama que existen en esta obra multitud de chistes que han perdido su referencia, que han quedado descontextualizados. Por ejemplo, la televisión seguía siendo la principal fuente de entretenimiento y por ello se parodiaba en la escena teatral, incluyendo las pausas publicitarias. Este aspecto no se ha perdido, pero a los ojos de los actuales lectores, sobre todo de los más jóvenes a los que se dirige, existen otros medios que le han ganado el terreno al televisor, como internet.

En definitiva, Se suspende la función es una obra graciosa y atractiva para ver representada junto al público al que va destinado, sobre todo si la compañía renueva sus chistes más anticuados. No obstante, pierde gran parte de su encanto como libro, donde se pierde la fuerza dramática de gran parte de sus sketches. Como aspecto positivo, cabe destacar cómo transmite algunos mensajes sociales a través del humor, siendo bastante agradecido ese aprecio hacia el arte más allá de lo económico. Aunque más allá de esos pequeños elementos apreciables, no encontramos nada más que entretenimiento algo vacío que bebe de obras mejores.


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